[v. Primera parte]
II
Los lustros diluyeron el percance del viejo Armando Cardoso y engulleron, inexorables, míseras existencias. No hay nada que el tiempo no desvanezca. Sin embargo, yo aún recuerdo, pasados más de seis, a ese hombre y a otros ya finados, presentes en la taberna de Eulogio «el Bizco» la noche en la que fui mudo testigo del horripilante relato. Tengo grabada la mirada suplicante de Armando, al que escuchaba arrimado a mi padre, impaciente de cobijarme bajo las mantas de mi cama y sumirme en un sueño amparador. En un niño de ocho años estas vivencias dejan huella. Aquel mismo año abandoné el lugar, y con mis progenitores y mi hermana Juana, dos años menor, me vine a la ciudad; no por el hecho referido, sino porque a mi padre, empleado de una caja de ahorros, lo destinaban forzosamente. Todavía añoro el pueblo, la libertad de la campiña y el contacto con una naturaleza casi intacta. Pasamos cada año algunos días de vacaciones en la casa que perteneció a mi abuelo paterno –y en la que sigue residiendo la tía Luisa, la hermana de mi padre–, pero no es lo mismo que vivir el día a día y percibir el pálpito de los prados, los árboles y los pájaros, o sentir la nobleza de hombres y mujeres ajenos al veloz y competitivo mundo de las grandes urbes.
Diré que no hubo noticia de ningún nuevo encuentro con seres extraños de las características que describiera Armando, al menos que yo sepa, ni de bestias de la montaña o dinosaurios dados por extintos, y que al cumplir los catorce sentí la necesidad de averiguar por mi cuenta. Intenté hablar con el protagonista y… ¡Ah!, casi siempre es tarde cuando uno se decide. Había fallecido el mes anterior al fin de curso.
Estoy retrocediendo a un verano en que una chispa de meditación trascendente me suscitó anticipadamente la dicotomía de si, al concluir el bachillerato, debería iniciar estudios de arquitectura (inclinación hoy consumada) o prepararme para trabajar sin mayor dilación en lo que fuese, considerando incluso la aspiración a un puesto en la misma caja de ahorros en la que mi padre prestaba servicios; entonces, se presentaban otras oportunidades. Pero quedaban por delante unos años de reflexión, sin tomas de decisiones alocadas, y aquel estío se me ofrecía para divertirme de espaldas al futuro. Sin abandonar mi principal obsesión, traté de reconstruir el relato que quedara indeleble en el cerebro del chiquillo que había sido, consciente de una hombría prematura.
Y como un investigador, me preparé para indagar sobre el terreno.
***
El inicio de julio era espléndido; no se predecían días tormentosos, sino todo lo contrario, plácidos y azules. Intuitivamente, escogí un día que me pareció propicio. Salí un viernes de madrugada con las provisiones necesarias para afrontar una dura jornada; en mi corta experiencia, sabía que las largas caminatas consumen gran energía, que resecan y despiertan un apetito feroz, por lo que llené mi cantimplora de explorador y eché mano de los restos de la cena. Nadie se percató de mi fuga, y procuré alejarme de cualquier casa rústica para que ningún pueblerino madrugador pudiese sorprenderse de mi presencia a hora desacostumbrada. Todo iba de maravilla. Pero mi solitaria ansia se vio truncada. Me seguía un perro vagabundo, con rasgos de can de palleiro, avispado y dócil, que ya conocía de años anteriores. Sin dueño, pertenecía a todos; jugaba con los niños y siempre había quien le diese un hueso o un trozo de carne.
León, que así lo llamaban, me miró con ojos tiernos y emitió un sonido lánguido en busca de aceptación. Comprendí su deseo de acompañarme, acaso porque su fino olfato había descubierto el secreto alimenticio de mi mochila, de modo que a un simple ademán de consentimiento corrió hacia mí meneando la cola alegremente.
Nos dirigimos hacia el sendero que conduce a la Masneda. El sol despuntaba por el robledal lindante con el pueblo por oriente; noté la caricia de los tibios dedos de la alborada. Atravesamos el puente colgante que salva el río y nos adentramos en la espesura del bosque, al pie de la vertiente sureste de la montaña. En la umbría sentí frío, quizás más por representar mi magín enrevesadas escenas que por el abandono de Helios. Al ir ascendiendo, el bosque se hacía menos espeso y la luminosidad más patente. A mitad de camino apenas algún pino rompía el monótono discurrir de los tojos, que advertían su presencia al clavarse en mis manos caminantes. Al fin alcanzamos la cumbre del monte, desde donde admiramos el valle y el terreno recorrido. Eché la mirada atrás y León hizo lo propio, complacido de alcanzar la meta.
Me allegué a la sombra de unos peñascos y extraje la pitanza que portaba en la mochila, de color naranja, vistosa y bien visible a distancia, que me regalara tía Luisa por mi cumpleaños. Pollo, tortilla, plátanos y pan algo revenido. Manjares al aire libre que compartí con mi canino amigo. Bebí agua de la cantimplora y eché una poca en un cuenco para que León se hidratase. Me sentía en el paraíso.
Se me fue la vista hacia poniente, donde aparecía la hermosa laguna de Melibel, enmarcada por una soberbia pradería. Su presencia relajaba el espíritu, alimentado con los aromas y el colorido del entorno. La Masneda era todo calma, absoluta quietud. Pensaba en cómo sería todo aquello profanado por modernas construcciones y de qué manera yo sería un arquitecto respetuoso. Pero los ladridos de mi amigo me sacaron del embeleso, llevando mi atención hacia un enorme lagarto que tomaba su baño solar sobre una piedra. Una mariposa podalirio que sobrevoló nuestras cabezas, delicada y esquiva, me evocó el platillo de Cardoso. Escuchamos el canto del cuco y los graznidos de la urraca. Después, murmullos y silencio. Ese impresionante silencio que a pequeñas dosis vitaliza y llegado un punto angustia y empequeñece.
El sopor me fue atenazando y permanecí en duermevela casi una hora. Lo suficiente para recuperar la energía gastada en la caminata y emprender el viaje de regreso, convencido de la confusión del viejo Armando, tal vez debida a las reiteradas jornadas de ensordecedor silencio. Aquellas soledades podían enloquecer a cualquiera.
***
La vuelta era a priori más sencilla, con la confianza de que en bajada todos los santos ayudan y el menosprecio del peligro. Pura teoría. Uno casi nunca sabe el terreno que pisa, y menos si lo está hollando por primera vez.
Y, ¡oh desgracia inoportuna!, tuvo que ocurrir lo que menos hubiese esperado.
A menos de cien metros del río tropecé en la raíz sobresaliente de un abedul y fui rápidamente hacia abajo, tambaleándome, por un abrupto talud. Me detuvo un enorme pedrusco cubierto de musgo; el suave verde de la piedra amortiguó, afortunadamente, mi caída. El dolor del tobillo izquierdo era intenso; su chasquido previo indicaba que podía haberse fracturado o que, como mínimo, sufría una torcedura grave, un esguince severo. Debía dar gracias por no haber perdido el conocimiento tras el desgraciado traspié; habría sido fatal y probablemente no estaría aquí para contarlo.
Incorporarme me llevó lo suyo. Ya la tarde estival iba cayendo y las fuerzas no me sobraban. León, que ya consideraba mío, parecía hablarme con su canino lenguaje como preguntando de qué modo me podía ayudar. Pasé mi mano por su cabeza en señal de agradecimiento y observé en sus ojos pardos lo que escasea en los humanos.
A duras penas, sirviéndome de su lomo como apoyo, fui avanzando poco a poco. ¡Quién tuviera una vara de fresno! Podía enviar al perro al pueblo en busca de auxilio, pero el orgullo me obligaba a valerme por mí mismo y poner a prueba mi capacidad, mi autosuficiencia. Iba renqueando y arrastrando la pierna izquierda. Nubes lejanas ocultaban el sol debilitado. La noche se imponía dominadora y misteriosa.
Al llegar al río sólo se distinguía lo que permitía el plenilunio. Menos mal que teníamos la luna, y al verla en lo alto, luminosa y vigilante, adiviné su sonrisa plateada, dulce y pícara a la vez, sus largas pestañas en torno a unos ojos esmeraldinos y hechizantes, su elegante mentón y sus coloreados mofletes; me turbó su belleza y desvié la mirada. No debía dejarme subyugar por la loca fantasía.
Al borde del sendero descubrí dos luces fosforescentes: mágica luminosidad de las luciérnagas. Más brillantes que mi mochila. Absorto, contemplé en cada interior un aposento, con sus respectivas parejas de hombrecillos, varón y mujer, sentados a la mesa y degustando su apetitosa cena: en una comían higos y fresas; en la otra, moras y cerezas. Llamó a mi puerta el hambre al verlos saborear aquellos deliciosos frutos silvestres, y hube de deglutir al llenárseme la boca. En su sobremesa, viéndolos tocar el violín y cantar, me di palmadas en la cara; ya lo dije: la fantasía no era conveniente.
***
Quería olvidarme del dolor del tobillo y apuré la marcha hacia casa.
Ya estaba cerca de Melibel cuando una luz móvil, extremadamente intensa e inquietante, tan distinta a la de los insectos luminosos, me deslumbró. Oscilaba de un lado a otro, arriba y abajo, sin cesar. El resplandor me amenazaba, sin duda me atacaba con afán de hacerme daño. ¡Oh Dios, demasiado joven para morir!, resonaba la conciencia. Mareado, casi caigo a tierra nuevamente, pero resistí su agresión y, siseando, me agarré a León, que había advertido el peligro antes que yo. Ambos nos apartamos del sendero.
Una revelación interior me decía que se trataba de una nave interplanetaria, dotada de tecnología inimaginable y tripulada por seres intergalácticos provenientes de un remoto lugar del universo. ¿Había hallado la verdad de Armando? No creía que fuese una jugarreta del subconsciente. Las piernas me temblaban, sudaba frío, el corazón se me salía, y lloraría si no me considerase un hombre hecho y derecho.
Mi fiel amigo comenzó a ladrar estrepitosamente. Me asaltaron pensamientos macabros, e impotente me entregué a los designios del destino.
Entorné los ojos a la espera del fin...
—¡Jacinto! Gracias a Dios que te encontramos. ¿Dónde te habías metido, muchacho? Llevamos todo el día buscándote. ¿Estás herido?
—¡Papá! Yo creí que... He pasado tanto miedo que tengo paralizado el cuerpo. Entonces, no era más que una linterna y no… ¡Mi tobillo…!
—Hijo mío, el pueblo entero está rastreando la montaña —me hizo saber, mientras inspeccionaba la articulación lesionada—. Todos andan en tu búsqueda.
—Siento haber causado tantas molestias —me lamentaba.
—¿Por qué no nos avisaste de que salías? Nunca nos habías hecho pasar tan mal trago –me reprochó mi padre, comprensiblemente molesto por mi actitud.
—Os dejé una nota, ¿no la visteis? —le hice saber, extrañado de que no la hubiese leído—. Pensaba decírselo a Juana para que os avisara y no os preocupaseis, pero temí que se fuese de la lengua antes de tiempo y me prohibieseis la aventura.
—No encontramos ninguna nota. Bueno, ahora qué más da, ya nos lo contarás todo en casa —y, tras sugerir silencio, me cargaba a sus espaldas.
León no dejaba de mover el rabo alegremente.
Un vehículo todoterreno de Protección Civil nos recogió y llegamos felizmente al hogar, donde aguardaban llorosas mi madre y tía Luisa. ¡Qué alegría de volver a verlas! Con serio semblante, permanecía mi hermana Juana, más entera y confiada en mis dotes de orientación y supervivencia, de las que sabía por lo que yo le contaba de los campamentos infantiles a los que había ido y de los libros que leyera. Lo de Juana era una pose: acabó quebrándose y liberando la emoción.
Entre tiernos abrazos y besos, las mujeres de la casa y un servidor nos aliviamos del amargo trago. El médico del pueblo me vendó el tobillo, y al día siguiente mis padres, mi hermana y yo cantamos alegres canciones populares para celebrar nuestra dicha. Recuerdo a mi padre rasgueando su guitarra, a mi madre con la pandereta y a Juana con castañuelas. Ahora, en la distancia, me parece que no era yo el protagonista.
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Fin de Segunda parte.
Happiness, Dominik Hauser





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