domingo, 19 de abril de 2009

Difícil educar y prevenir


No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda ser vencida. No hay peor sordo que el que no quiere oír; otro hay peor, aquél que por una oreja le entra y por la otra se le va. (El Criticón, Baltasar Gracián)

Todos tenemos algo que aprender, y reconocer los propios errores no es demérito. Y no siempre el maestro enseña al alumno, ni siquiera el padre al hijo; en ocasiones un discípulo transmite conocimiento a su profesor y un vástago da una lección a su progenitor. De igual modo, los dirigentes sanitarios pueden aprender de los profesionales de la salud a quienes dirigen sus mensajes.

¿Por qué este preámbulo? Porque si ya es complicado proporcionar una atención médica adecuada cuando el número de personas a atender supera el límite considerado “aceptable”, se hace imposible llevar a cabo una educación sanitaria apropiada, sometidos a una alta presión asistencial (número de pacientes por profesional y día) que conlleva alteración de la concentración y del estado emocional del profesional de la salud, que merma su capacidad de decisión. Y en la Atención Primaria de Salud no se pueden establecer correctamente medidas preventivas, que en parte dependen del tiempo disponible. Si además el ámbito de actuación es desfavorable, las tareas propuestas se hacen más arduas. Los dirigentes sanitarios hispánicos lo saben, y si no (¡imperdonable!) debieran escuchar y actuar en consecuencia. Del mismo modo que los médicos deben escuchar a los pacientes, darles las oportunas recomendaciones, explicarles sus dolencias y las razones de las medidas y del tratamiento que se les prescribe.

Pero para ello es imprescindible disponer de tiempo y del espacio físico adecuado (sin entrar en el debate “centros de salud pequeños vs. macrocentros”). No me refiero a un ambiente de lujo, simplemente a una edificación que cumpla las mínimas exigencias de calidad, un mobiliario correcto, unas salas de espera agradables, en fin, unas condiciones dignas que habrán de redundar en la buena relación con el paciente. Esto es muy importante, puesto que si la estancia es grata disminuirá la tensión nerviosa y se favorecerá el intercambio verbal, más fluido en un ambiente relajado. Por otra parte, es perentorio liberar a los profesionales de tanto papeleo absurdo, de tanta burocracia inútil. En Hispania, los dirigentes sanitarios saben del problema y no actúan; o no lo saben porque no escuchan, o porque por una oreja les entra y por la otra se les va. Los médicos tenemos claro que es prioritario curar y “educar” sanitariamente, no rellenar torturadores formularios y vanas hojas de registro que nos convierten en singulares burócratas.

En tanto no se realicen las necesarias modificaciones organizativas y no se reduzcan drásticamente las actividades burocráticas, la educación sanitaria, la promoción de la salud como parte de la medicina preventiva –prioritaria en cualquier sistema avanzado–, que habría de redundar en la disminución de la morbilidad y del gasto público, continuará siendo en Hispania la gran olvidada. No es sólo una cuestión técnica, sino también política; es necesario que las altas esferas sanitarias se hagan eco y se decidan a cambiar un modelo sanitario que adolece de insuficiente calidad, ahogado en la ineficacia y la insuficiencia, poco satisfactorio para unos y otros. De lo contrario, aquí seguiremos lamentándonos: ¡difícil educar y prevenir!
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Tras reescribir este artículo –concebido hace ahora justamente diez años–, entré en “El Supositorio”, un blog sanitario que sigo, y hallé muy interesante el último post, sobre la escasa atracción que tiene en Hispania la especialidad de Medicina de Familia. Había un comentario y consideré oportuno dejar otro de mi cosecha. Le siguieron otros, bastante reveladores, que dicen de la situación en Reino Unido y Argentina. Si lo desean, entren en el enlace y saquen sus conclusiones: ¿Por qué no eligen Medicina de Familia?

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