viernes, 5 de junio de 2009

Lenguaje desvirtuado


Para la mayoría, el lenguaje es mero elemento de comunicación, necesidad para sobrevivir, y para algunos mucho más: herramienta de trabajo y juego inacabable, elemento clarificador y arma de confusión, misterio deseado y diafanidad, sangre agitada y descanso, orgullo y humildad, manifiesto de superioridad y de modestia, distingo de lo vulgar y vulgaridad plena, dardo envenenado y beso dulce, riqueza total y pobreza absoluta, gran opresión y liberación plena, creación y destrucción, dolor y placer, salvamento y perdición... Sólo a la minoría le duele su adulteración.

Alarma la corrupción de los superlativos La pereza lingüística aniquila la construcción que de los mismos hace nuestro idioma. Ya no se dice buenísimo, famosísimo, lindísimo, feísimo o grandísimo. Hoy en día escandaliza la intromisión del súper: superbueno, superfamoso, superlindo, superfeo, supergrande. El súper pulula por doquier como una plaga y uno llega a acostumbrarse, aunque no pueda asimilarlo del todo. Llegué a escuchar a una chica que, hablando por su “móvil”, le decía a su interlocutor que el aparato de telefonía que estaba utilizando, comprado recientemente, era superpequeño. ¡Qué dislate!

Inquieta el desconcierto lingüístico con el género Decimos indistintamente el/la geriatra, el/la pediatra, el/la psiquiatra, el/la oculista o el/la foniatra. Son sustantivos de apariencia femenina válidos para ambos géneros. En cambio, pretendemos la feminización de sustantivos de apariencia masculina: la psicóloga, la ginecóloga, la médica...; y yendo más lejos, de los indistintos, sirviendo de ejemplo: la jueza (ya sé que es admisible, pero me suena fatal). ¿Por qué no admitir en consecuencia: el geriatro, el pediatro, el psiquiatro, el oculisto o el foniatro?

Molesta el uso redundante del número plural... Cuando los dominantes se dirigen a los dominados –aun en aparente relación entre iguales–, es empleado doblemente siendo gramaticalmente innecesario: ciudadanos y ciudadanas, trabajadores y trabajadoras, compañeros y compañeras, amigos y amigas... Siempre, o casi, en este orden y no al revés; en el afán lisonjero se olvida la caballerosidad y la gentileza (se elude incluso la concordancia con el género). Claro que, a falta de constructivas ideas, sirve para dilatar un discurso, para decir lo mismo con el doble de palabras.

¿Por qué desvirtuar el idioma? Lo anteriormente dicho sobre el género y el número parece consecuencia de un posicionamiento feminista extremadamente susceptible que, estoy seguro, parte del elemento masculino, por un afán de dar coba y ganarse al sector más numeroso; adulaciones o lisonjas politiqueras engañosamente progresistas. Nuestra lengua se presta a estos juegos; los anglosajones lo tienen resuelto. De otras razones habrán de decir los lingüistas.

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