martes, 29 de septiembre de 2009

Uso y abuso de los servicios sanitarios



No hay cosa tan buena que, desviada de su buen uso, no trastorne su verdadero origen, cayendo en el abuso.William Shakespeare, en "Romeo y Julieta"

En las últimas décadas hemos asistido a un cambio del comportamiento ciudadano en el uso de los servicios sanitarios, una transformación hacia el abuso que entra en el campo de la sociología de la salud, favorecido por factores socioeconómicos y educativos. Hasta el punto de llegar a definirse la figura del “abusuario”, recogida en mi particular léxico sanitario. El que fue enfermo y paciente, que usaba los servicios sanitarios de forma comedida y responsable, convertido en estrujador de aquello que la sanidad pública le brinda, particularmente del primer escalón asistencial y de los servicios de urgencia. Los abusuarios no son la generalidad pero han ido en aumento. Bien es cierto que sigue habiendo trabas y limitaciones para acceder a la atención especializada, pero es tan fácil la accesibilidad a la primaria, y tan poco se valora lo que aparentemente no cuesta, que se expande el menosprecio. Y conocemos bien la común respuesta a los intentos de enmendar conductas inapropiadas: “pido y exijo (tal o cual cosa) porque para eso pago (mis impuestos”, se supone).

Antes el paciente solía aplicar un mínimo de sentido común en su auto cuidado y acudía a consulta por algún motivo médico justificado. El galeno indicaba las exploraciones que consideraba oportunas, el tratamiento a seguir y el reposo que correspondía. Ahora el usuario viene directamente con propuestas/exigencias exploratorias o terapéuticas de esta guisa: “Quiero que me haga un chequeo general… que me pida un análisis de todo… que me haga una resonancia magnética… que me dé esto que cogí en la farmacia… que me pase estas recetas que me recomendó un vecino… que me dé la baja desde el pasado jueves…”. O en el plano de los informes y las certificaciones, semejantes a estas otras: “Quiero que me certifique que hace quince días no estaba en condiciones… que indique que no puedo hacer esfuerzos para que me den un bono bus… que me informe que estoy bien para este trabajo y no para otros menesteres… que me dé un justificante con fecha del día veintidós para que no me descuenten… que diga por escrito que no puedo llevar puesto el cinturón de seguridad para que me quiten esta multa… que me cubra este formulario para la asociación de vecinos de…”.

Al especialista en medicina familiar y comunitaria sólo le falta exponer el menú a la entrada de la consulta y certificarle a alguien que está libre de todo pecado. La cara de tonto que se le queda a este médico del primer nivel, orgulloso de su especialidad, mejor formado que el médico general o de cabecera de toda la vida, preparado para servir a la comunidad, esforzado en mantenerse al día, apto para la investigación, experto epidemiólogo y estadístico, con mil cursos a las espaldas, dominador de diferentes técnicas, ducho en relación médico-paciente, dominador de varios programas informáticos, diciéndose ante el despropósito sanitario en el que está inmerso: ¿Y todo para esto? Porque el escaso tiempo del que dispone para atender a un exorbitante número de usuarios, muchos de ellos sin cita previa (algunos incluso de otros cupos, que "no pueden esperar a su médico"), se le va en explicaciones vanas y papeles estúpidos, no hallando manera de educar a los paisanos ni de enderezar sus conductas.

En un centro de salud portugués (2005)

En los primeros calores del verano, favorecidos por la acumulación de trabajo, dejé un escrito desesperado que el tiempo no se encargará de desmentir. ¡Cuánto más se ofrece, más se abusa! Se confunden los caprichos particulares con las necesidades reales. Cualquiera puede comprobar el despilfarro. No es sólo mi impresión, es un sentir generalizado de los facultativos patrios. Muchas voces sensatas dan la alerta: avisan de que está en peligro la sostenibilidad de nuestro sistema sanitario e incluso plantean la vía de financiación mediante el copago. Por si fuera poco, los foráneos se aprovechan desde hace mucho de las “bondades” de nuestro sistema, sin reciprocidad de pago; un hecho conocido y evitado por los responsables sanitarios. De ahí que me quede perplejo al saber que a estas alturas se levanta alguna voz política con el propósito de evitar el "turismo sanitario". ¿Se hará caso a esta disonancia? ¿Hallará eco este aviso? ¿O seguirán los ilustres oídos manteniendo su sordera, respecto a este asunto y demás cuestiones organizativas del sistema sanitario?... Dejaré a un lado mi escepticismo y, cándidamente, les daré un último voto de confianza a los gestores.

2 comentarios:

  1. Muy buen comentario!! Con tu permiso, importaré a mi vocabulario la palabra abusarios ;)

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  2. Gracias Anna, pues es uno de los artículos que más me ha costado concretar. Le he dado vueltas y lo he pulido una y otra vez, tratando de condensar una problemática muy seria.

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