domingo, 18 de diciembre de 2016

La magia reconquistada (y II)

Fiesta de la Reconquista de Vigo (Galicia, España)
Combate en Porta da Gamboa, Vigo

I parte: AQUÍ

El sábado 28 de marzo, Vigo festejaba por todo lo alto el glorioso día de su liberación. Al mediodía, Sabela y yo recorrimos el mercado de época, montado al modo de principios del siglo XIX en las calles principales del Casco Vello, el barrio histórico, que bullía en esa jornada emblemática como en ninguna otra del año. Y degustamos delicias gastronómicas que se servían en las tabernas. Pasadas las cinco de la tarde, Sabela me abandonaba; tenía que ensayar el concierto que daría comienzo a las diez de la noche.
Asistí solo a la representación teatral que recordaba la entrada de las tropas francesas, a pie y a caballo, con el comandante Chalot al frente. Atravesando la Porta da Gamboa, la puerta más accesible, los invasores penetraron en el recinto amurallado; controlaron la villa durante un tiempo, hasta que los vigueses, junto a paisanos de los alrededores, marineros y campesinos, consiguieron imponerse victoriosos y hacerlos huir por mar desde A Laxe. Hombres y mujeres, niños y ancianos, disfrutaban del movimiento callejero de los actores que revivían aquella lucha heroica.
Desde la Praza da Constitución caminé por la Rúa dos Cesteiros y salí al atrio de la Colexiata de Santa María. Allí, un desconocido, barbado y de aspecto soñador, cubierta la cabeza por una gorra azul y blanca de capitán de barco, me mostró su asombro con acento extranjero por la representación que presenciara. Su rostro me era familiar. En medio del bullicio, me hizo algunos comentarios sobre la ciudad. Y como la calle no era lugar apropiado para hablar con calma, lo invité a una cafetería cercana.


Tomamos asiento y nos sirvieron. Y él, quitándose la gorra de capitán y dejando al descubierto una ondulada cabellera, hizo su presentación.
–Mi nombre es Jules…, Jules Allotte –me dijo–. Soy escritor y he navegado un poco. Nací en Francia –la «r» vibrante gutural lo delataba–, pero me considero de todas partes. Hubiera querido ser marino y recorrer el mundo. Siempre soñé con aventuras.
–Yo me llamo Roi Lago y soy médico rehabilitador –le hice saber, con la confianza que me inspiraba–. Nací en esta ciudad costera y no se me ha dado por aventurarme en el océano. Aunque alguna vez me imaginé médico de barco.
–¡Oh, doctor Lago!, un rehabilitador necesitaría yo a mi lado –arguyó–. Paso tantas horas escribiendo… Mi cuerpo se agarrota y los dolores musculares me atenazan.
Después, Jules me habló de Vigo como si lo hubiese conocido en un tiempo lejano, cuando era apenas O Berbés, un pequeño puerto de pescadores. Dijo que se imaginara otro desarrollo. Llevó la mirada hacia el mar cercano, en un intento de alcanzarlo, y, al no poder verlo, emitió un gemido lastimero.
La ría de Vigo es magnífica –sentenció–. La he contemplado desde las principales atalayas (Monte Alba, O Castro, A Guía, A Madroa). Tiene historia. En Rande se libró una gran batalla, en 1702… ¡Ah!, los engreídos ingleses realzaron su victoria rotulando una calle en Londres: Vigo Street. Y aquí todavía suspiran muchos por los tesoros del fondo. ¡Ignorantes! El tesoro es la ría.



Yo dejaba hablar al francés, y él parecía satisfecho de que le escuchase. Hacía loas y críticas: que si el primer puerto pesquero del mundo, que si faltaban puentes, que si el benigno clima, que si demasiado ruido… Me sorprendió su reprobación arquitectónica. Siendo foráneo, señalaba con acierto los errores de nuestro falso progreso destructor de edificios simbólicos.
–Se habla de la ciudad que se perdió –le dije con desazón.
–O que los mandatarios echaron a perder –precisó con supuesto conocimiento–. Vigo también necesita rehabilitación.
Pasadas las nueve, le revelé mi compromiso a Jules. Nos despedimos afectuosamente y me dirigí al Teatro García Barbón, obra de Palacios.
El director marcó el comienzo del concierto y la Orchestre de Paris hizo sonar la Suite Vigo de Soutullo. Escuché con deleite y admiré a mi chelista. Fue una noche sonoramente mágica. Al concluir la velada musical felicité a mi amada, le comenté la representación teatral de la Reconquista y le hablé del francés desconocido.


El domingo le di mi adiós a Sabela y le comuniqué una repentina revelación.
Ya sé a quién se parece ese hombre. No lo creerás, cariño, pero es igual que Julio Verne. Idéntico al del monumento portuario. Y es curioso, ¡se llama Jules!
¡Qué imaginación tienes, Roi! –me dijo incrédula–. Hay muchos Jules en Francia  –me besó en los labios y se despidió con una turbadora sonrisa.
Esa noche me acosté antes de lo habitual; estaba cansado y tenía que madrugar. Pero no podía conciliar el sueño y, movido por una corazonada, decidí acercarme al puerto. A tal hora estaba casi desierto. Alcancé el monumento de mis preocupaciones y… ¡otro momento asombroso! Allí estaba la figura de Verne, sobre el calamar gigante, y en su cabeza la gorra azul y blanca de capitán de barco.
¡Exactamente igual que la del otro Jules!... ¿El otro Jules?

A Reconquista de Vigo
(En Gallego)

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