sábado, 5 de mayo de 2018

Pomito de Portugal


En el tiempo de las grandes colas en el Puente Internacional, cuando millares de vigueses escondían a los guardias de la aduana los botes de Tofina y Mokambo, los kilos de Café Sical, los quesos de bola, los cuartos de mantequilla de «meio sal», los paquetes de azúcar o las cajas de leche Agros, mi padre nunca dejaba de visitar la botica central de Valença para comprar varias cajitas de Pomito. Siempre gusté del aroma penetrante de esta pomada analgésica, astringente y parasiticida, de textura parafinada y color rosado, presentada en unas preciosas cajitas circulares, donde aparecía (y sigue apareciendo) en tipografía muy elegante a indicación de su fabricante, los Laboratorios Lencart del parque industrial de Celeirós en Braga.  
El Pomito se anunciaba como una pomada con decenas de años de experiencia terapéutica en Portugal, Angola y Mozambique, indicada en el tratamiento de los eccemas, herpes, pequeñas quemaduras y, en general, de cualquier tipo de heridas en la piel. Mucho abusamos en la casa del pomito milagroso que empleábamos como bálsamo de fierabrás para cualquier prurito que habíamos tenido. Durante mucho tiempo consideré el pomito de papá como el símbolo más genuino de aquel maravilloso Portugal de abril, lo de las canciones del Zeca Afonso, lo de las madrugadas de los traperos, el disco del Fausto que alertaba: «Así va Portugal, unos van bien y otros mal».
Del artículo "Pomito", de Manuel Bragado Rodríguez, traducido del original en gallego
Ese tiempo, de grandes carencias, en el que el pomito se usaba como panacea, ha dado paso a otro muy distinto, de hiperconsumismo farmacológico variopinto y medicalización de la vida. Ahora se busca un remedio medicamentoso para cada problema no médico. Aunque en Portugal todavía los rebuçados siguen siendo el principal remedio para la tos, por delante de los jarabes antitusígenos.

Uma Casa Portuguesa - Amália Rodrigues

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