lunes, 18 de diciembre de 2017

Retorno delirante


La noche sin luna lo envolvía todo. A bordo, los niños ya dormían a esas horas. Yo aguantaba despierto por ser más que un niño. Estaba sentado, sin el vigor de otros pasajeros que paseaban por la cubierta o charlaban apoyados en la baranda del barco. Eran los más alegres o insomnes. Acaso también enamorados. No tenía ganas de plática (tampoco me convenía) y menos de soñar despierto con amores huidos o imposibles. Bueno, lo último cabe matizarlo. Por agotado que estuviese, jamás podría olvidar el gran amor que me fuera arrebatado. Pero ahora el sueño desnudo se imponía, sin ensueños; atenazaba mi voluntad fugitiva, a la espera del inverso amanecer soñado. 

Al fin, tras muchos días de navegación mecido por las olas, mis ojos adquirían otro brillo. ¡Qué espléndida la ría de Vigo frente a las esperanzadas pupilas! Allí estaban las tres islas que conforman el archipiélago de las Cíes. En un mar en calma, la luz matinal les daba por la sonriente cara opuesta. Sentí entonces que mi pasado quedaba atrás, como la blanca estela, en una oscuridad aborrecible. Sabiendo que el tiempo de reír se había esfumado, confiaba en el nuevo itinerario existencial. Con treinta y cinco años no se me podía negar otra oportunidad. Quería rehacer mi vida con la conciencia liberada, distanciado de perseguidores, protegido de peligros, alejado de la injusticia. No era un santo pero tampoco un criminal; dejémoslo en aspirante a bienhechor. 

Amanecer en la Ría de Vigo

Gozaba de aquella fascinación natural y a la vez pasaban por mi mente imágenes de una pesadilla. Aún me producía escalofríos el recuerdo cercano... 

Doris, mi amor, asesinada sin piedad por el malvado Johnny Varissi, un mafioso con aureola de empresario. Al desearla sin ser correspondido, tomó venganza como un criminal sin escrúpulos. No se manchó las manos, utilizó a un sicario; y continuó con sus negocios como si nada. Mi sangre hervía. Y la sesera detenía el ímpetu que me embargaba. Sin tiempo de llorar (luego vertería dolorosas lágrimas), tracé fríamente mi plan. Tomé las necesarias precauciones y acabé con él. Sin piedad. 

Cuando pienso en el ojo por ojo, acabo despreciándome. No obstante, la bala que le entró por la sien fue una justa ejecución de sentencia. De mi sentencia, claro. ¿Qué podía esperar de la ley que se aplica a conveniencia? Escéptico, trataba de centrarme en el presente, ilusionado con un porvenir en la ciudad que abandonara con solo diecisiete años. Alocada aventura... Pasé los controles médicos y de seguridad en Ellis Island, la isla maldita, y alcancé la ciudad que nunca duerme. ¡New York, New York! Me adapté a otras costumbres, aprendí otra lengua, estudié y, como agente especializado en el mercado del arte, triunfé. En definitiva, cumplí mi sueño americano. Y después de dieciocho años, ¡lo digo con horror!, fui cruelmente derrotado.


En medio de la ría, rodeada por montes que, a juicio de un escritor renombrado (1), semejan dinosaurios dormidos, tenía a babor la península del Morrazo y a estribor la ciudad deseada. ¡Vigo, Vigo! Inolvidable. Siempre esperé una canción a la altura de sus virtudes. Llegué a sentirme neoyorkino de adopción sin dejar de ser vigués de corazón. ¡Ah!, este noble órgano se lo entregara antes de irme a mi primer amor adolescente: Teresa. Sin ella, al menos mi viuda madre y mi hermana Julia me aguardaban; avisadas de antemano, seguramente contactarían con otros familiares; y tal vez recuperase la amistad de antiguos compañeros de infancia. Mi cabeza bullía. Volvía a mi ciudad y adivinaba mi paso por sus calles. El monte de A Guía, a lo lejos, y el monte de O Castro, en la cercanía, eran dos puntos de referencia distintivos. 

Si Doris pudiese contemplar toda esta maravilla... 

Íbamos a casarnos y proyectáramos venir acá, a la tierra que me vio nacer, en viaje de novios. «Deseo tanto conocer a tu familia, Martín», me decía con su peculiar ternura. Planeamos tener hijos. Éramos felices. Ya me imaginaba de su mano recorriendo lugares con encanto: calle del Príncipe, plaza de la Constitución, plaza de Compostela, calle de los cesteros... Me veía con ella sobre la arena de una hermosa playa viguesa, suspirando al contemplar inigualables puestas de sol, enseñándole palabras de mi lengua materna. Pero el maldito Varissi segó nuestro amoroso proyecto. El dulce corazón con los nombres «Doris & Martín» en azucarado relieve no se pudo materializar por su culpa. 

Y mientras evocaba a mi bella amada, un alboroto me sacó de la abstracción. 

Sin saber qué pasaba, antes de la maniobra de atraque nos convocaron a los pasajeros de tercera clase (viajaría en primera si no tuviese una identidad circunstancial). De pronto supuse que venían a detenerme; no era de extrañar que la Interpol siguiese mi rastro, tras señalarme como criminal, homicida, causante de la muerte del respetable Johnny. Pero el verdadero asesino era él, yo simplemente me tomara la justicia por mi mano, más por comprensible arrebato que por ilícita represalia. La frente me ardía, el sudor me cegaba, todo mi cuerpo temblaba. Ni la linda voz de una mujer que entonaba la melodiosa Negra sombra conseguía relajarme. Me restregué los ojos, creyendo estar dormido. Y no; parecía un delirio... Una barcaza venía a recogernos. Nos iban a llevar a la isla de San Simón. Allí nos harían un exhaustivo reconocimiento. ¿Igual que en Ellis? ¿Lo mismo que en la bahía de Nueva York? Los interrogantes se clavaban en mi testa.


Como ganado, nos transportaron a la referida isla.

Nos inspeccionaron de pies a cabeza, sin omitir dientes ni genitales, y nos hicieron test de inteligencia. Algunas personas lloraban, rechazadas por motivos físicos (caries, dermatitis, escoliosis...) o por considerarlas cortas de inteligencia –idiotas sin rodeos–. Aquello era una nueva pesadilla. O alucinación, viendo las tornas invertidas.

Entre los afortunados, me hacía cargo de la tristeza de quienes no superaran los exámenes de entrada. Con todo, y sin egoísmo, debía alegrarme por mi suerte. Me esperaban en el puerto de Vigo las dos mujeres más allegadas. Quizás alguien más. A lo mejor Teresa, la rapaza de la que me despedí un día con la promesa de volver. Este pensamiento, justificado por la presión, sí era egoísta, aparte de estúpido. ¿A qué mujer que no fuese una Penélope se le ocurriría aguardar tantos años por un hombre? 

Al pisar tierra, el desconcierto fue mayor. Nadie me aguardaba. 

Con la mirada, recorrí en arco la parte del Casco Vello que podía alcanzar. Poco había cambiado en apariencia, y sin embargo esta parte de la ciudad se me hacía extraña. Anduve sin demasiada convicción, dudando entre hacer una llamada telefónica o dirigirme directamente al hogar materno. Y sin haberme movido de la zona portuaria, escuché a mis espaldas una voz grave. Me detuve, y al girarme comprobé que provenía de un hombre corpulento de aspecto fiero, que venía acompañado de otro alto y delgado de simpática faz. Se identificó como inspector de policía, y el otro como su ayudante. 

No pude negar mi verdadera identidad: Martín Codesido (2), marchante. 
¡Dios mío, qué extrema confusión! Había perdido la libertad en un país libre y venía supuestamente libre a otro sin libertad. Me marchara en 1951 y retornaba el año del mismo siglo de numérica connotación erótica. Y pese a todo, llegaba con la ingenua ilusión de un infante. Un día de marzo de 1969, tranquilo y soleado, a punto de entrar la primavera. Pero me sentía más solo que nunca. Mamá y Julia se vieron privadas de mi presencia, y yo de la de ellas. Les prohibieran ir a recibirme. ¡Qué crueldad! Como delincuente reclamado por un estado amigo (¡vaya hipocresía!), fui extraditado. 

El resto se puede suponer... 

Van diez años y sigo encarcelado. Condenado a cadena perpetua, de aquí no saldré vivo. Me consuelo pensando en Doris y con los pocos amigos que mitigan mi soledad. No dejo de frotar los párpados para ratificar la realidad. Y en mi celda sueño un cuadro imposible. Un formidable trasatlántico surca las aguas de la bienquerida ría bajo un cielo añorado. Y yo alegre en la proa saludo a los de tierra, que agitan pañuelos en señal de bienvenida.
***
NOTAS 
(1) Ernest Hemingway. Leemos en Hemingway y el mar de Galicia, de Carlos Casares: "La ciudad [Vigo] le impresiona… porque las montañas llegan hasta el mar, y le parecen grandes dinosaurios dormidos". 
(2) Un guiño a Martín Códax, el trovador de Vigo.

Galicia emigrante

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