jueves, 19 de febrero de 2026

Vete, compañero médico (II)

VETE. Compañero médico. Compañera enfermera: Coge la maleta y vete. Lárgate pronto de aquí. Agarra tu fonendo, tu inglés, tu alemán, tu portugués, tu inigualable expediente académico, tu carísima formación… y vete. (...) Vete, médico huelguista. Déjate ya de huelgas que sólo consiguen incrementar la enemistad de la gente con los médicos, no con los políticos (…) Vete, médico huelguista. Déjate ya de huelgas que sólo consiguen que el público se ría de tus problemas, que te digan a la cara que eres un privilegiado, que robas al erario público porque trabajas legalmente también en la privada, que has de aguantar las putadas de tus jefes por la simple vocación, porque te lo has buscado, porque para eso hiciste Medicina. Vete. Deja que los políticos se coman con patatas el marronazo que tienen. Deja que pongan en tu puesto de médico a las enfermeras; y en el lugar de las enfermeras, a los celadores; y en el lugar de los celadores, a los taxistas que aparcan en la puerta del hospital. Deja que pongan en tu lugar a sanitarios procedentes de Gambia, de Corea del Norte, de Senegal, de Afganistán. Deja que convaliden sus títulos sin MIR o sin especialidad, y que sean estos nuevos compañeros quienes nos diagnostiquen, nos cuiden y nos operen en condiciones esclavas. Vete ya, pordióbendito. Deja que la lista de espera de enfermería se ponga en cinco semanas; la del médico de cabecera, en cinco meses; la del otorrino, en cinco años; y la lista para operarse, en diez. Deja que, para hacerse un lavado de oído o tratarse una apendicitis, quienes ahora te culpan a ti del desastre sanitario (en lugar de a los políticos) tengan que sacar su tarjeta de crédito en lugar de la tarjeta sanitaria. Pero tú, vete. No te lo pienses más. La vocación no paga la luz, ni el agua, ni la hipoteca de tu casa, ni los disgustos diarios, ni te devuelve la salud, ni compensa los desprecios. Vete. Haz lo que ya han hecho decenas de miles de médicos y decenas de miles de enfermeras españolas. Haz lo que este año, y los siguientes, harán muchísimos miles más. Vete, y mándanos a todos a la mierda. A mí, el primero.

Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Escritor en activo y médico jubilado del Servicio Andaluz de Salud.
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Leo este amargo escrito del doctor Juan Manuel Jiménez Muñoz, y digo:

Hago mía esta reflexión, o revisión de una reflexión previa en la misma linea. Porque nada ha cambiado; o peor: la situación de los profesionales de la medicina no ha dejado de empeorar desde hace décadas. Y hay ahora tal hostilidad hacia los médicos en general, desde arriba, desde abajo y desde los flancos, que se hace insoportable ejercer con el mínimo deleite y la suficiente calma, salvo excepciones, quizá en ciertos lugares del ámbito rural. Marcharse hacia mejores horizontes es lo sensato, aunque duela; porque nadie se va por gusto y hay gente normal que merece atención médica, pero hay también un círculo de incomprensión, desprecio e incluso y agresividad –al menos en las RRSS– hacia los galenos, que incita a huir de esta tierra de duelos a garrotazos. Quienes están en su último tramo, tendrán que aguantar, acaso a costa de su salud. Quienes están comenzando, que no lo piensen y se vayan. Es lo más sensato. Aquí confunden vocación con esclavitud y te dicen que las condiciones laborales* no son tan importantes, por lo que no tienes ni derecho a la huelga. En fin, no sé si hay que entonar un lamento o ya un Réquiem sanitario...
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*Las condiciones laborales de los médicos están determinadas por la política sanitaria, redundan en la salud laboral y no pueden desligarse de la vocación.
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Aunque duele leer comentarios como este: Pero que no se olviden de los padres agradecidos por curar a sus hijos. De las parturientas que encontraron la calma en sus palabras. De los ancianos que aliviaron no sólo sus dolores, sino también su soledad conversando apenas unos minutos con ellos…

Chopin: Preludio en Si menor op. 28-4

martes, 17 de febrero de 2026

Desapacible desenlace


[Relato]

«Un momento... ¡Ahora!... Esperaré... ¿Para qué...?»

Solo. Confundido. Azorado. Indeciso. Al cabo, nada nuevo, lo de costumbre. ¡Qué asco siente! ¡Cómo se desprecia! Ofuscado por dubitativas nubes, no sabe si permanecer o huir de su persona. Pasa la oscura incertidumbre y desea que su inutilidad sea tragada por una sima o engullida por un agujero negro. Bordea el abismo. Bambolea. Huye a su impreciso refugio. Dormita. Y para salir del estupor se muerde los labios con ahínco; manaría sangre si no fuese porque apenas fluye por sus atorados conductos. Enorme es el clamor interno. Turbadora la brisa. Estrepitoso el silencio. Sería adecuado para la ocasión aquello que suele murmurar Claudina, su impagable cuidadora: «¡Qué infausto! ¡Lástima de hombre! ¡Una pena!». A lo que se podría añadir: ¡Ay!, si la conmiseración curase los males… Su demudado aspecto tendría entonces la inicial frescura, la remota lozanía; pero la sana manzana, en apariencia, lleva demasiado tiempo empodrecida.

«Soy el símbolo de la abulia y la torpeza, paradigma de la negación suprema», pronuncian las gastadas cuerdas de su alma, otrora orgullosamente sonoras.

Sólo el aire escucha el lamento de Jorge Recana. ¿Exagera con tan negativa valoración? Es un hombre con una buena formación, culto; su currículum lo corrobora. Y sin embargo no ha sabido –o, más bien, querido– adquirir las aptitudes para realizarse y sentirse medianamente satisfecho. De enorme inteligencia y ¡cuán poco inteligente! Le faltó tesón para ir más allá del mero conformismo; se limitó al papel de receptor pasivo y efímero. Nada en él dejaba huella, todo se diluía en su insustancial espíritu. Lo poco asimilado –siempre con indiferencia– lo olvidada con prontitud; cualquier conocimiento se desvanecía, lo volatilizaba su carácter inconsistente. ¿Por qué?, se preguntará el lector en la distancia. Porque aprendía de modo rutinario, para salir del paso, casi por obligación; carecía del necesario entusiasmo para dejarse imbuir por algo bueno. Y no respecto a su actividad profesional, sino a los conocimientos básicos de quien pretende sobrevivir en escogida soledad. Nunca supo afrontar dificultades, eludir obstáculos, salir de apuros. Pero ahí está la impagable Claudina para echarle una mano, firme y resignada. «¡Ay, Señor!, ¿qué haría sin mí el señorito? El calzón en el suelo, los zapatos embarrados, la mesa embadurnada...» 

¡Qué desastre! En su desdibujada personalidad (singular, como constató una vez un psiquiatra al que acudió forzado), no se asienta el sentido común. Resulta un inmaduro sin lógica disposición para dar respuesta a los asuntos; y ni en mil años se adiestraría para la vida. Además de carecer de razonamiento primario, lo cual pone en cuestión el engranaje de su superior inteligencia, tampoco puede alardear de mañoso; no está capacitado para simplezas (hacer una tortilla, montar una lámpara, doblar una camisa). Es paradigma de la perenne ineptitud. Nunca puso interés en adquirir habilidades y es ejemplo de dejadez. Hasta pasados los cuarenta, vivió con su madre, y muerta ésta se empeñó en que ya no era tiempo de aprender. En suma, Recana no es más que un cero a la izquierda, un discapacitado real, una escoria, un pelele, un estorbo para los demás. Y para sí mismo. 

Para colmo, no es afable ni generoso, sino arisco, orgulloso y despreciativo de lo ajeno. Hasta desdeña la música que no es capaz de sentir y siente animadversión por los interpretes del arte más bello. Al violinista lo tiene por frotacuerdas, al flautista por escupidor, al trompetista por estridente. Más lejos no puede llegar en su descarada displicencia. En su soberbia, se cree superior, defecto de inmadurez que le asigna un halo de antipatía. Entonces, poco puede esperar de los demás; cosecha lo sembrado. Perdió los dos únicos amigos que le quedaban, Fabián y Camilo, demasiado condescendientes con sus extravagancias, y ya nadie mira por su huraña persona. Siente realmente los zarpazos de la más absoluta soledad y sufre como nunca. Sin familia, sin apegados, sin misericordia en derredor, padece lo que no había padecido; solloza en sus adentros, por pudor a exteriorizar su amargura, fruto de un inexplicable resentimiento. Sabe que Claudina, calladamente, lo censura y lo comprende. Y convencido de que fuera mejor no haber nacido, se entrega a una rememoración expiatoria...

«Mi infancia no fue triste; reí como otros niños. En la adolescencia y en la primera juventud hubo sufrimiento: los cepos de la timidez me detenían. No fui mal estudiante, pero las virtudes fueron devoradas por depredadores defectos. Pienso en mis padres, y… ¡qué indigno hijo! Muchísimo me amaron; los progenitores, no las mujeres que hube deseado. Tuve amigos, sí, pero pocos; escasos los vínculos afectivos... ¿Y el amor mundano? A eso voy, aunque me cuesta confesar. No puedo hablar de derrota ni de triunfo; quien no osa aventurarse, no gana y mucho pierde. Escasa fe en la victoria, ya lo dije: dominador retraimiento. ¡Qué rémora! Rayana con lo patológico y, lo peor, apoyada en la huera vanidad... Discreto el paso por las aulas; frialdad entre matraces, pipetas, tubos de ensayo. Y un título universitario para no alcanzar el éxito profesional. ¡Químico enfrascado en la ineptitud, dedicado a la venta de perfumes! ¿Haber estudiado para esto? No entiendo de qué me enorgullecía en otro tiempo… Soltero, en la cincuentena y despedido de la empresa que representaba. No daba más en esa línea comercial; me lo dijeron crudamente. ¿Y qué podría hacer a estas alturas? Pude tener a mi lado a Mercedes, pero mi egoísmo o mi incapacidad de amar... Dejé que se fuera la única mujer que me quiso, a parte de mi madre. Tal vez la eché yo de mi vida. Soy ingrato y ególatra; lo reconozco y me duele. Soy tan inseguro…».

Realizado el breve cuadro biográfico con bruscas pinceladas, se hace cargo de que está totalmente desamparado, como un huérfano al que no prestan auxilio. Si pudiese verlo Camilo, el último amigo que lo aguantó hasta hace poco (el otro, Fabián, no tuvo tanta fortaleza moral para continuar a su lado), tendría motivo para pronunciar su lapidaria sentencia. «He ahí un miserable oculto en su caracola. ¡Qué magna cobardía!» No es de ahora; siempre ha sentido temor, miedo a la vida. Cabizbajo y taciturno, pasó sus huecos días, sus vanos meses, sus baldíos años. Pasó, que no vivió. Preso de angustias, lleno de manías y dominado por inveterada abulia, no tuvo valor para enmendarse o desafiar al destino. Consciente de su miserable devenir, considera que es muy tarde para realizar mudanzas, maduro por lo encanecido y anciano en su esencia. Un dardo de angustia le zahiere, una daga de lamentación se le clava, una flecha de arrepentimiento le traspasa. En su desesperanza, agradecería la ayuda de aquel psiquiatra que un día acertó a definir su singular personalidad. Y arrastrándose desdichado, busca con avidez una mano compasiva que le socorra, una cándida voz que le consuele, unos labios que le besen, una férrea voluntad que le suplante. 

«¡Si estuviese aquí mi querido Camilo...!», suspira contradictorio.

***
Volvamos la mirada atrás: ¿dónde ha estado su sitio en el orbe? Recorrió aldeas minúsculas, pueblos pequeños y enormes ciudades, del litoral y de tierra adentro; se estableció en privilegiadas zonas residenciales, en barrios medios y en sórdidos arrabales; habitó viviendas céntricas, pisos periféricos y apartadas casuchas labriegas; desde la suavidad climática, experimentó el contraste de latitudes cálidas y gélidas; buscó la radiación intensa y la tibieza de la luz mortecina; esperanzado, se dejó llevar por vívidos ritmos, solemnes cantos y dulces melodías. Una inacabable e inquieta búsqueda para no hallar apropiada morada, albergue que le sirviera, aposento que le bastara, hogar que le satisficiera, son que le deleitara. Fue en verdad un culo de mal asiento, infeliz en todo tiempo y lugar, pues no puede entrar la dicha en los amurallados corazones. Bien sabe Claudina que el problema no está en el mundo exterior, y cuando lo ve sumido en su infinita tristeza, intenta levantar su ánimo y le canta con fervor. 

Sonríe, hoy nada se acaba,
sonríe, ancho es el mañana.
El cielo habrá de darte su fulgor…

Pero este hombre parece desconocer el sentimiento de alegría. Y al cabo de un trasiego indiferente, ahora es víctima de su tristísima pusilanimidad. Ha reconocido de pronto lo que siempre quiso negar, cegado por la inmodestia, y al fin ha descubierto en mala hora lo que es: una piltrafa al borde del fracaso final, acaso de su liberación definitiva. Frustrado por su propia inadaptación, marginado de una sociedad en la que no supo asentarse, sin expectativas y sin ilusión alguna, Recana tiene en su mano la oportunidad de dar remate a su estólida existencia. ¿Demasiado corta? Cincuenta y dos años recién cumplidos. Entonces, ¿a qué espera? Una fuerza antagónica lucha desesperadamente por eludir el trance. Si por una parte tiene la convicción de que lo mejor es acabar de una vez, una insospechada autoridad ordena en su interior. 

«¡Detente, no te des por vencido, no te arredres! ¡Otórgate una última oportunidad! ¡Aún es posible cambiar, si pones el empeño necesario!» 

De ahí que el cañón de la pistola que dirige a su sien cimbrea por la duda, a la espera de dar paso al proyectil que apague para siempre la luz de su martirio. Sólo basta que el indeciso y trémulo dedo haga detonar el mecanismo mortífero. Pero, como en tantas ocasiones en las que tiene que decidir por sí mismo, oscila vacilante. Si ora pretende ceder en su disparatado intento, animoso fugazmente y con intención de iniciar una nueva andadura, enseguida da un vuelvo a su pensamiento. Titubea en su victimismo.

«Nadie llorará mi pérdida», musita instalado en antagónico quiero y no quiero.


Presupone de modo pesimista para justificar la acción de ser su propio verdugo. Una y otra vez en esta última tesitura. Su rostro se enciende febril y suda profusamente. Hace retroceder un poco el disparador del arma que está asiendo. Vuelve presto a la posición de espera. Retorna a su idea inicial y de nuevo a la opuesta, alternativamente. Vislumbra imágenes vividas… o sufridas. Situaciones vergonzantes, fracasos estrepitosos, perennes temores, amorosos quebrantos y sueños irrealizados (sí, llegó a tener coloreadas ilusiones). Su desánimo acrece de continuo; su hundimiento moral roza el límite de lo humanamente soportable, mientras escucha un redoble de tambor que lo enloquece (siendo melófobo, lo atronaría también el dulce sonido de un oboe). Se mira al espejo del cuarto de aseo, sin dejar de amenazarse, y se da lástima. 

«¡Qué repulsivo mi semblante! No me daría la absolución un confesor.» 

Su ajado y hosco rostro le ofende; no ve un pliegue agradable, amistoso, dulce, tierno. Con los párpados entornados, respira jadeante, antes de volver a mirarse con espanto. Lanza un oscuro escupitajo contra el espejo que vela parte de su ruindad. Un restallar de hojas muertas llena sus oídos. De nuevo entorna los otoñales ojos, por la fatiga que acarrea la emotiva tensión, y otra vez los reabre. Se deslizan lágrimas turbias, mixtura de rabia y desconsuelo. Las miserias le salen por los poros en tropel, como imprevisibles ríos que pierden su cauce, arrasando la única pizca de orgullo que le queda. Asiste impotente al hundimiento de su diminuta dignidad. Y al límite del agotamiento, extenuado por las hirientes reflexiones, el desarbolado navío se va a pique, creyendo escuchar entre la marejada la voz enternecida de su ángel guardián... 

Y verás que la vida es bella,
aun lejos, lejos de esta tierra.
¡Sonríe caminando sin temor!

Imposible referir la órbita de su alborotado pensamiento. No estando receptivo, no puede dejarse seducir por melódicas palabras: su sinfonía acaba disarmónica. Desplomado de bruces, golpea el espejo que reflejaba su alma sórdida. Estallido. Exhalación. Silencio... Su cara resbala por la vidriada superficie, ensangrentándola con su postrero y expiatorio sollozo. Queda retenida en la pila del lavabo. La mano que empuña la pistola bambolea ampliamente. En pocos segundos libera el arma suicida, que cae con desgana en el plomizo enlosado. Yace en actitud grotesca, acorde con su ridícula biografía: la mano izquierda sobre el grifo y la faz sesgada bajo el mismo, como intentando sorber la última gota de esperanza; la contraria colgando y todavía algo oscilante; plegado por la cintura sobre la pieza de porcelana y con las piernas flexionadas, en impúdica postura. Y la boca entreabierta parece decir algo.

«He logrado mi propósito. Me he librado de mí mismo. ¡Me siento orgulloso!»

¿Qué razón podía tener para un engreimiento póstumo? ¿No fue la suya una actitud cobarde? ¿No temía decidir, aventurarse a obrar por propia voluntad? Bueno, no soy yo quien para juzgar o hacer reproches; apenas traté a Recana. En todo caso podría reprocharle no haber buscado una salida más airosa, acaso entrando en el Club de los Suicidas para acabar con la pantomima de manera elegante. Allí le habrían indicado el camino propicio hacia la muerte voluntaria: ahorcamiento, envenenamiento, ahogamiento, defenestración, harakiri, desangramiento... o quién sabe si la misma arma de fuego. Pero ya sin posibilidad de enmienda, debo adoptar la actitud piadosa de la admirable asistenta que asumió sus rarezas durante casi diez años. 

***
Por la mañana, Claudina descubre la escena y no se sobresalta en absoluto (su serena expresión no casa con un solemne acorde de órgano, sino con un arpegio disonante e irónico de guitarra; en cualquier caso, Jorge hubiese desaprobado cualquier sonoridad, de modo que baste la música del silencio para enfatizar su desgracia). Simplemente menea la cabeza con gesto de resignación y haciendo la señal de la cruz. Después, tranquilamente, marca el número de la policía y comunica lo acaecido. Ella acompañará el cadáver; habrá de ser todo su séquito. Escueto adiós. Nadie más la seguirá atribulado hasta su última y adelantada morada, ni siquiera Camilo. 

Un ser humano, al menos, le brinda caritativa despedida y reza ante su tumba. ¿Qué más puede pedir quien no fue digno de tal merecimiento? Supone casi una victoria crepuscular en su nada triunfal existencia. Una victoriosa derrota. ¡Que todos se enteren! ¡Que lo sepa el mundo! ¡Una mujer, que no es su madre, ni Mercedes, lo aprecia, lo quiere! Y su corazón, recién detenido, se enternece: a través de la madera fúnebre parece escucharse la voz de Jorge Recana, con una dulzura inusitada. 

«¡Gracias, Claudina!»

[1994, 18-19 nov.]

Sospiri, Edward Elgar

jueves, 12 de febrero de 2026

El chequeo médico de la persona sana, ¿es bueno?


Volvemos al tema de los chequeos médicos, al leer lo que sigue...
Las revisiones de salud con una analítica sanguínea anual son un fenómeno extendido en las consultas de los médicos de familia. Su objetivo es detectar enfermedades en fase inicial, mediante intervenciones precoces, para mejorar la salud de los pacientes. El análisis de laboratorio es la prueba diagnóstica más común. Se suele solicitar en nuestras consultas por diversos motivos, entre ellos: descartar una enfermedad ante síntomas sospechosos, control de patologías ya diagnosticadas, cribado de enfermedades en pacientes de riesgo; y, cada vez con mayor frecuencia, es costumbre la solicitud de chequeos anuales por parte de pacientes asintomáticos y que aparentemente están sanos, con el objetivo de aliviar sus dudas sobre su estado de salud. ¿Qué es un chequeo? El chequeo es el reconocimiento médico al que se somete una persona que no presenta síntomas de ninguna enfermedad concreta y cuya finalidad es la prevención y detección precoz de enfermedades. Es demandando por el propio paciente y suele incluir una anamnesis, exploración física y la realización de alguna prueba complementaria que suele ser una analítica. La finalidad de este chequeo para el paciente es obtener un sentimiento de alivio y seguridad sobre su salud, ante el miedo de caer enfermos. ¿Presenta algún riesgo este tipo de práctica clínica? Solicitar pruebas en exceso no es sólo un problema económico, es una práctica con consecuencias por la aparición del fenómeno de sobrediagnóstico y sobretratamiento. El fenómeno de sobrediagnóstico ocurre cuando las personas son diagnosticadas de enfermedades que nunca les causarían síntomas ni les acortarían la vida. Incrementa el tiempo durante el cual el paciente conoce la existencia de la enfermedad sin modificar en nada su pronóstico. Añadiría una etiqueta de “enfermo” al paciente (*), implicaría realizar otras pruebas complementarias y tratamientos con los efectos adversos que conllevan y con un consumo de recursos sanitarios innecesarios. El fenómeno de sobretratamiento consiste en el tratamiento innecesario de una enfermedad en el que el daño potencial siempre superará a los beneficios. Los médicos durante nuestra formación hemos sido entrenados para actuar, por lo que nos sentimos mejor cuando actuamos que cuando no lo hacemos; por eso cuando el paciente nos solicita esa “inocente analítica anual” es entendible que la mayoría de nosotros la acabemos solicitando (**). Pero esta práctica puede conllevar a una “cascada” diagnóstico-terapéutica. (...) —¿Es beneficioso el chequeo anual con analítica solicitado por los pacientes sanos y asintomáticos para control de su estado de salud?
...Y reparamos en las consecuencias no beneficiosas de su realización sistemática. Porque todo debe realizarse con prudencia para evitar inconvenientes. Por eso en ese artículo se dan recomendaciones con la evidencia disponible, comenzando por la de «No realizar análisis de sangre anuales en población adulta sana».
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(**) He ahí una decisión controvertida (hacer vs. no hacer), por lo que a continuación se dice de la posible cascada diagnóstico-terapéutica, provocando daño en el paciente. [v. Prescripción encadenada de medicamentos]

Quiero un chequeo médico completo
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lunes, 9 de febrero de 2026

Un hombre vacío


[Relato]

Un terrible dolor de vientre roía las entrañas de don Muchísimo. Desde hacía varios meses, y casi a diario, le surgía de pronto, inoportuno y reiterado. “¡Qué afrenta para mi persona!”, exclamaba, ante tales insolencias álgicas. 

El tal don Muchísimo era, en razón del tratamiento, un hombre importante; en su caso, por el hecho de poseer gran fortuna, cualidad que le proporcionaba bienestar, poder y la dicha de ser admirado. Su privilegiada posición social y su influencia política condicionaban el destino de muchos ciudadanos, gentes de inferior condición que acudían a él en busca de favores y que el capitoste sólo concedía si le deparaban algún provecho. Era una especie de aristócrata vividor y petulante. Su cínico rostro se encendía de gozo cuando le suplicaban, cuando labios temblorosos le demandaban ayuda, cuando otros, mayoría, se sentían abatidos y humillados. 

Pero, ¡injusto destino!, desde hacía un tiempo una vulgar molestia se le mostraba atrevida, desvergonzada, desafiante, lastimosa, angustiosa, insoportable. Y don Muchísimo, harto de sufrir como un humilde, decidió aniquilarla. “He de conseguir el remedio contra este mal interno, cueste lo que cueste”, decía con aire altivo. 

Evidentemente, cualquier virtud quedaba supeditada al nivel socioeconómico, y siendo don Muchísimo agraciado en este sentido estaba en situación ventajosa. Por lo demás, no se diferenciaba del último individuo en el escalafón social. Carecía de conocimientos elementales, habilidades y sensibilidad artística. Tampoco mostraba inquietud alguna. Su único afán era vivir bien, su único fin el placer; ¡un hedonista modelo! Y cuantos dependían de ese egregio individuo para subsistir (los “poco”, los “muy poco”, los “poquísimo“, los “nadie”) le importaban un bledo. Su despreciativa carga moral desmoralizaba al más pintado. Rodeado de una aureola casi divinizada, el distinguido ofrecía una imagen egocéntrica de aparente felicidad. Aparente, pues en su fuero interno escuchaba los aullidos de un vacío que en el silencio de la noche lo aturdían (mientras su mujer, una dama necia, sumisa y fatua, por muy doña Muchísima que fuese, ni se enteraba ni lo pretendía; dormía soñando corderitos) y de mañana negaba. Por consiguiente, se mantenía al margen de la chusma, tratándose únicamente con sus iguales. Y entre éstos, el trato, invariablemente superficial, se revestía de ademanes y simulaciones hipócritas que perseguían, independientemente de grados o de edades, desbordar ríos de envidia para granjearse réditos de orgullo y perverso regocijo. 

“Encantado de conocerlo, don Alguien.”

“El gusto es mío, don Bastante.”

“Permitan que me presente. Soy don Suficiente. Un placer...”

“Yo doña Mucha…” (Alguna mujer identificada entiéndalo en su justo sentido.)

La cuestión radicaba en sobresalir entre la élite, en ser mejor entre los mejores. Siendo un don Alguien se aspiraba a ser un don Algo Más, un don Mucho, un don Muchísimo... y, al fin, don Único. Y el personaje principal parecía seguir el camino adecuado hacia la cúspide suprema (de lo único que su esposa se enorgullecía). “¡Qué hermosa es la vida!”, se decía, consciente de su afortunada situación. 

Nada perturbaba su gozosa existencia, hasta que apareció el maldito dolor de vientre. Sus exclamaciones de júbilo se trocaron entonces en maldiciones rabiosas. Y al límite de su escasa resistencia, decidió acabar con aquella rémora recalcitrante. A toda costa y por cualquier medio. Así que hizo llamar al prestigioso médico don Ojo Clínico, famoso por sus infalibles diagnósticos…

***
El experimentado Ojo Clínico, al saber quien requería sus servicios, supuso que no se trataría de algo vulgar, pues padecimientos vulgares atañían a gentes con tal calificativo, no a personas de relevancia. Cuando vio de frente a nuestro hombre no dudó un instante en su juicio clínico: “¡Estrés social!”. Persuadido por el sistema imperante, pensaba el cegato galeno que un hombre tan insigne, de tanto peso específico, sometido a mil deberes para con sus subordinados, presa de incontables emociones al hacer propios los problemas ajenos, tendría que estar en extremo fatigado, por lo que remató la faena exclamando sin socarronería: 

“Tributo pagado por el ingrato puesto que la sociedad le ha deparado”.

Es preciso imaginar la elongación simiesca de la faz del hombre principal al oír tal desatino. Expresiva y turbadora. De ser el caso, habría de estar cansado, agotado o destrozado por la desenfrenada y libidinosa vida que llevaba, no por la desinteresada entrega a sus súbditos. Un pensamiento vedado para don Ojo Clínico que, obcecado por la figura del magnate, le aconsejó hacer menos suyo el sufrimiento de sus conciudadanos, le prescribió reposo absoluto y, como coadyuvante, le suministró una sustancia química de probada utilidad en gentes de su categoría y condición.

Transcurrió el tiempo y la cosa seguía igual, o peor, y don Muchísimo maldijo a don Ojo Clínico. Dominado por la cólera, se valió de su gran influencia para que nadie jamás demandase sus servicios y, por supuesto, le retiró el don. Acudió seguidamente a su llamada el doctor Hipnotizador, cuyo fabuloso poder de sugestión presagiaba el fin de los tradicionales métodos de analgesia y anestesia. Éste aplicó toda su sabiduría, convencido de la eficacia de su ciencia y, de paso, ¡oh, humana debilidad!, procurando ese mismo don que, pese a su prestigio, aún se le negaba. Pero, incomprensiblemente, fue el hombre influyente quien –eso sí, de modo involuntario– hizo mella en la voluntad del Hipnotizador, trastocando el pretendido efecto. El experto conocedor de la psique, despojado de su autocontrol, víctima de una súbita enajenación, se suicidó precipitándose por una ventana, ante los ojos atónitos de su paciente, de la impasible esposa y de dos criados circunspectos. ¡Tragicómica escena!

Le tocó el turno al doctor Cirujano –éste sí poseedor del preciado don–, cuyas mágicas manos casi hacían milagros. Sometió al enfermo a una revisión rigurosa, de la cabeza a los pies, pero no detectó la causa generadora del dolor. Desconcertado y temeroso de que el reputado paciente reaccionase de modo inconveniente a su sinceridad, no dudó un momento en emitir su conveniente conclusión: “El origen de su dolor radica en lo más recóndito de la cavidad abdominal, de su ilustre abdomen”. Su juicio aparentaba firmeza y contundencia, expresado con lenguaje rotundo de sabio vanidoso. Le pidió con respeto que se dejase someter a una intervención, a fin de localizar con exactitud el mal. Don Muchísimo no se opuso a su sugerencia, pero le advirtió que si le quedaba alguna secuela fuese pensando en lo peor. El profesional deglutió su inquietud y, tras oportunos preparativos, procedió a expulsar el tumor que presuntamente albergaba y con el que, por su propio bien, anhelaba toparse. Inició la laparotomía... y cuando el bisturí tomó contacto con la piel del prohombre brotó un líquido negruzco, y el temerario operador cayó desplomado bajo la mesa de operaciones, electrocutado por una esotérica descarga que nadie pudo desentrañar. 

“¿Qué hice para merecer esto?”, sollozaba don Muchísimo casi humanamente, pero sin lágrimas. “¿Y quién habló de crecer en el sufrimiento?, rezongaba”.

Nuestro desgraciado estaba desesperado y, desprendido de su cicatería, prometió colmar de riquezas a quien lograse aliviarle del indescriptible dolor, cada vez más intenso y persistente, devorador y destructivo. En tanto no llegaba el esperado redentor trataba de restar importancia a su problema: “Seguramente se trata de un achaque estomacal insignificante, o algo banal del intestino, o del hígado…”. No hallando consuelo, dio en pensar que algún celoso de su poder y situación sería el responsable: “Quizás algún veneno en la bebida o el alimento. Puede que me hayan inyectado un germen maligno. O tal vez...”. Entre conjeturas, juraba que el culpable habría de pagar con un tormento mil veces mayor que el suyo. 

Juramento que no llegó a amedrentar otros oídos, pues ávidos de ganar su favor y la tentadora gratificación prometida fueron muchos los aspirantes a sanadores. A ninguno le vendría mal una posición más elevada en la jerarquía comunitaria, conseguir el respeto y la admiración que hasta el momento se les negaba. Hubo tantos candidatos, hombres y mujeres, que sería interminable su relación: mecánicos, fontaneros, electricistas, abogados, químicos, clérigos, payasos, curanderos, acróbatas, músicos... Se dejó someter a curas diversas: baños termales, emplastos, cataplasmas, acupuntura, hechizos... Y todo fue inútil, si bien mejoró un poco con la musicoterapia aplicada por un experto que, sin razón aparente, en mitad de una sesión de terapia musical se puso a bailar una tarantela y no paró hasta que, después de dieciocho horas de danza ininterrumpida, se le detuvo el corazón y cayó al suelo, boca abajo, en una extraña pose de araña, a la que contribuían las cuatro nuevas extremidades que le habían salido. A la postre, podría pensarse que don Muchísimo estaba hechizado, pero brujos y brujas estaban sometidos a su voluntad. Y decir que estaba loco sería una temeridad, porque la locura era patrimonio de los desheredados. Convenía sopesar con prudencia. 

“¡Pobre hombre!”, lamentaban sus vasallos –aunque parezca chiste–; los mismos que añadían con languidez: “Lo tiene todo, excepto paz y sosiego”.

***
Tardó en perder la esperanza, y ésta se desvaneció con su ser. Pereció quejumbroso, preguntándose cuál era su pecado. Fue sometido a un proceso de hibernación –ese había sido su deseo–, aguardando un milagro futuro que perpetuase su egoísmo. Pasados los siglos, la Sociedad alcanzó un grado de perfección insospechado en la era de don Muchísimo; sorprendentemente, las relaciones humanas alcanzaron la paridad con el avance tecnológico y científico. Sin embargo, no se logró volver a la vida a los seres que se mantenían orgánicamente íntegros por congelación. A los tres mil años se declaró improcedente la idea de instalar individuos de épocas pretéritas en ese futuro utópico y se decidió aprovechar sus cuerpos, perfectamente conservados, para fines de utilidad pública. En efecto, se diseccionaban, se analizaban sus órganos y se sometían a sofisticadas pruebas de laboratorio sus tejidos y componentes celulares, comparándolos con los del tiempo presente. De modo que al cuerpo de don Muchísimo le depararon esa suerte; lo retiraron de la máquina que mantenía su forma, lo cortaron, lo trocearon, lo desmenuzaron en multitud de partes que fueron observadas detenidamente por un grupo de estudiosos. Entonces resultó lo más increíble, la conclusión final... El jefe del equipo científico encargado de los restos de don Muchísimo hizo una revelación, en nombre propio y en el de sus colaboradores, a toda la comunidad científica: “¡Cada una de las porciones evidencia la misma frialdad que el medio que las ha conservado! Y lo más sorprendente: ¡la observación de sus tejidos revela un inexplicable vacío! Hemos estudiado su genoma y constatado que difiere del patrón de nuestra especie. ¿Una mutación u otra variabilidad genética? Señores, les confieso mi ignorancia…”. Y tras su comprensible asombro, los nuevos hombres, racionalmente equilibrados, consintieron que la Era en que vivían difería enormemente de las pasadas, ya incomprensibles a su generoso raciocinio.

[1982]

Marcha fúnebre (de Eleonore Prochaska WoO 96), Ludwig van Beethoven

lunes, 2 de febrero de 2026

Meditaciones de Marco Aurelio

Cuando el dolor es insoportable, nos destruye; cuando no nos destruye, es que es soportable. Marco Aurelio

Meditaciones de Marco Aurelio (121-180), son las reflexiones de este emperador y filósofo romano sobre la condición humana, la vida, la muerte, el universo, la creación, la moralidad, la fortuna, los valores en los que las personas deben inspirarse. Es uno de los 10 libros que recomendaba William Osler, el padre de la medicina moderna, para todo médico. Sorprende la clarividencia de Marco Aurelio y su bonhomía al leer esta obra [accesible online AQUÍ], estructurada en 12 libros. En el Libro I revela el autor su aprendizaje en 16 puntos. Y en el punto 15 dice:
15. De Máximo: el dominio de sí mismo y el no dejarse arrastrar por ninguna clase de impulsos, fueran cuales fuesen; el valor en todas las circunstancias, muy especialmente en el curso de las enfermedades; aquella dulce mezcla de dulzura y nobleza que daban tan grato sello a su carácter; aquel su ánimo generoso que le hacía cumplir sin esfuerzo cuantos trabajos se le deparaban; la confianza que sabía inspirar de que su pensamiento y su palabra eran una sola y única cosa y de que cuanto hacía era movido por la buena intención; el no asustarse ni asombrarse jamás; la falta de precipitación, de lentitud, de abatimiento, de temor, de cólera y de desconfianza; el prodigar el bien, la facilidad en el perdonar, la lealtad; el dar la idea siempre de un hombre justo y sincero, sin doblez; en fin, aquella su manera de ser que evidenciaba que a nadie miraba con menosprecio ni superioridad. 
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Las Meditaciones de Marco Aurelio