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| El doctor Paul Gachet, por Vincent Van Gogh (1890) |
De nada vale tener razón si no se tiene poder.
Paraf. Henrik Ibsen
[Relato]
El
doctor Devuelta se prepara para su consulta habitual de atención primaria.
Tiene suerte, es propietario de su plaza, no es un eventual con un futuro
incierto. Llega, más o menos descansado, cargado con preocupaciones de variable
intensidad. Lleva años con la misma rutina, no exenta de variaciones, más o
menos estimulantes, pero con parecida sistemática día tras día, sin excepción, o con
la excepción que confirma la regla. Aunque, como dijo alguien con acierto, la medicina
de familia bascula de la rutina al drama. Lo que no deja sin validez la
realidad de su rutina.
Antes de
comenzar, tal vez una sesión clínica, para repasar lo olvidado, cumplir un objetivo, reforzar su autoestima o completar la rutina. Si no, a comprobar en el correo oficial cualquier mandato, indicación, recordatorio o mensaje de interés. O a realizar los informes que
quedaban pendientes. O a gestionar interconsultas de la novedosa y cuestionable telemedicina.
De no haber alguna urgencia inesperada (el surgimiento del drama, con necesidad
o no de salida del centro), la consulta del Dr. Devuelta dará comienzo conforme
a la agenda establecida.
Unos 38 pacientes de media, demasiados o no, según como se vea, según como lo vean
otros desde afuera. A razón de 6 o 7 minutos por paciente en 4 horas teóricas (pura
teoría: no menos de 5 horas), echen cuentas. Y piensen que muchos no acuden por
un único problema; han ido aumentando las policonsultas, sin que haya disminuido la frecuentación. Como médico de familia (de cabecera en otro tiempo),
el Dr. Devuelta está dispuesto a enfrentarse a todo tipo de problemas, en su
cometido de atención integral o biopsicosocial, y a ir incluso más allá.
Cree escuchar la trompetería de una obertura…
Cree escuchar la trompetería de una obertura…
El primer
paciente, un joven de treinta y tantos años, nuevo en el cupo del Dr. Devuelta, viene a buscar la baja laboral (habitual “debut”); ha tenido un accidente de
tráfico y trae el informe del hospital privado donde lo están tratando de un
esguince cervical. De paso, pide la receta del antibiótico que le prescribió
un dentista. El segundo es una mujer de setenta años que acude por varios
asuntos; entre ellos, demanda tratamiento para su habitual dolor artrósico,
quiere extraer un tapón de cerumen y desea hacer un nuevo análisis
para ver el colesterol.
La
consulta del Dr. Devuelta se desarrolla por el cauce habitual, llevándose la
burocracia la mayor parte del tiempo: renovación de recetas, partes de baja, informes de salud, informes de dependencia, etc. La patología
va de los procesos agudos banales (infecciones respiratorias de vías altas,
gastroenteritis, cistitis, conjuntivitis…) a la revisión de procesos crónicos
(hipertensión, EPOC, diabetes, osteoporosis…). Y entremedias, se
presentan pacientes aquejando algún síntoma reciente de importancia: dolor abdominal, dolor
torácico, vértigo, palpitaciones…
Nuestro especialista en medicina familiar y comunitaria (médico general de antaño),
como otro día cualquiera, atiende a pacientes con problemas afectivos (trastornos
de ansiedad y depresiones) y a dependientes de alcohol o drogas. Se presenta la policía con un toxicómano que demanda un ansiolítico, aduciendo
estar con el mono. “Menos mal que no se trata de hacer un parte de lesiones,
como tantas veces”, se consuela el Dr. Devuelta; le llevaría más tiempo
cubrirlo que atender tres o cuatro citas. Otros problemas sociales, como siempre, no dejan de
presentarse.
Siente la agridulce caricia de un adagio para cuerdas...
Siente la agridulce caricia de un adagio para cuerdas...
Tres
citados urgentes en un espacio de 5 minutos: son pacientes de otros
médicos y otro turno. El primero refiere una molestia en el costado desde
hace ocho días; el segundo dice estar con diarrea y requiere un justificante
para no ir a trabajar; el tercero está acatarrado y alega no poder
acudir a su médico porque se va de viaje. El Dr. Devuelta no discute con nadie
(sabe que no sirve de nada); los primeros años informaba sobre las normas e
intentaba educar a los usuarios del sistema, pero ahora reserva sus energías. No
es resignación –piensa–, es obrar con inteligencia.
Le han
dado un aviso domiciliario. Le queda poco para acabar, saldrá enseguida; es
cerca, irá andando, no tendrá que llevar su coche ni mendigar (aun sintiéndose el último mono) que le den apoyo
logístico. Pero casi simultáneamente lo llaman a la sala de urgencias: hay un
herido con un corte en un dedo; la enfermera nueva dice que no sabe o no quiere
suturar. Tiempo atrás, el Dr. Devuelta ya se había quedado estupefacto al comprobar que en la actualidad hay enfermeros que no suturan heridas, incluso con orden médica. “Malos tiempos para la
medicina”, murmura.
Realiza el aviso domiciliario y finaliza la jornada (en total 37 pacientes, lo que no está mal, considerando que podían haber sido más, pues no tiene posibilidad de autogestión o autonomía de gestión). El Dr. Revuelta suspira... Otra
rutinaria jornada, con sus variaciones, más o menos estimulantes.
Anhela la honda sencillez de una pieza lírica para piano...
El Dr. Devuelta no entiende que no se cambien las cosas, que no se simplifique el papeleo, que no se mejoren los procedimientos. Además, le preocupan la intranquilidad social y la agresividad crecientes. Sabe que los gestores no atenderán a reivindicaciones si no se les fuerza. Sabe que no hay unión entre los profesionales para lograrlo. También sabe que en atención primaria hay médicos zombis, que no se inmutan, que obedecen sin rechistar, que se tragan su queja. Decepcionado, mantiene una pizca de entusiasmo salvador. Y procurando un mínimo de necesaria dicha, aguarda a que llegue el día de la jubilación liberadora. Si pudiese tener el tiempo en sus manos...
Anhela la honda sencillez de una pieza lírica para piano...
El Dr. Devuelta no entiende que no se cambien las cosas, que no se simplifique el papeleo, que no se mejoren los procedimientos. Además, le preocupan la intranquilidad social y la agresividad crecientes. Sabe que los gestores no atenderán a reivindicaciones si no se les fuerza. Sabe que no hay unión entre los profesionales para lograrlo. También sabe que en atención primaria hay médicos zombis, que no se inmutan, que obedecen sin rechistar, que se tragan su queja. Decepcionado, mantiene una pizca de entusiasmo salvador. Y procurando un mínimo de necesaria dicha, aguarda a que llegue el día de la jubilación liberadora. Si pudiese tener el tiempo en sus manos...
The Time Machine (1960)
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