EL CARACOL
El caracol de la infancia
echa los cuernos al sol,
los tentáculos más largos
que arriba miran, los dos
con sus puntitos oscuros
de delicada visión.
Arrastra cabeza y cuerpo
gracias a un pie fortachón,
y va con su casa a cuestas,
un lindo caparazón
en espiral colorida
que nos llama la atención.
Pero su marcha es prudente,
atento a tacto y olor;
retrae su cuerpo en la concha
si hay peligro en derredor;
primero esconde los ojos
que antes que nada sacó.
Un prodigio natural
que al aire da su esplendor…
Yo lo observo, y no soy niño,
con asombro de mayor,
y se me sale la baba
viendo a ese babeador.
[2025, 17 nov.]
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Buscaba poemas inspirados en el caracol terrestre y apenas hallé tres dignos de mención. Uno breve, popular e infantil, que algunos atribuyen a Lope de Vega, titulado «El caracol» (Aquel caracol / que va por el sol, / en cada ramita / llevaba una flor...). Otro homónimo anónimo, más extenso, también en castellano, paródico y desestructurado: «El caracol»; aquí un bicho enorme, ‘‘que pesa dos mil arrobas’’, da brincos y arrasa los sembrados. Y un tercero en inglés, de William Cooper (1731-1800): ‘‘The Snail’’, que dice que el molusco gasterópodo –univalvo– [apecetible para algunos paladares] se pega sin temor a caer, se esconde en su casa y lleva una solitaria vida de ermitaño. Yo, no queriendo dejar de lado los maravillosos tópicos, vuelvo, con mi sentir de mirada inocente, al sol, a la casa y a la baba.
Caracol terrestre

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