Llaman a la puerta de la casa de DON RAIMUNDO; son las seis y media de la tarde. Es el Dr. GAMIR, que llega bastante sudoroso. Le abre FELICIA, que ya ha tomado el necesario descanso reconfortante, y entra al recibidor, separado por un tabique con una puerta próxima a la habitación de SONIA.
Dr. GAMIR. (Algo jadeante.) Perdone que llegue así, tan de repente, doña Felicia. He venido apurado, por eso estoy algo agitado.
FELICIA. Hola don Gustavo. No se preocupe. Usted siempre es bien recibido en esta casa. Supongo que espera por Sonia, ¿no?
Dr. GAMIR. Sí, Felicia. La he llamado varias veces, pero tiene el teléfono móvil desconectado. Por eso he venido, temiendo que le sucediese algo malo.
FELICIA. No le pasa nada; sólo estuvo un poco malhumorada con su padre durante la comida. Ya conoce usted a Raimundo; no hay quien le lleve la contraria. Después de comer, yo me he echado una siestecita, y desde entonces no he visto a Sonia. Pero ahora mismo la aviso. (Llama a voces por SONIA, que está en su cuarto.)
SONIA. (A distancia.) Ven a mi cuarto, tía, que quiero hablarte.
ESCENA DÉCIMA
FELICIA, SONIA
En el cuarto de SONIA.
SONIA. Dile a Gustavo que me encuentro mal y que no me apetece salir.
FELICIA. Pero… eso es mentira.
SONIA. Es verdad tía, no me encuentro bien.
FELICIA. Pues nadie mejor que un médico para verte. Gustavo es un buen profesional; y además, en contra de lo que diga tu padre, muy buen chico.
SONIA. No me afecta ningún mal físico. No tengo fiebre, ni me duele nada. En realidad… (Mirando la pantalla de su teléfono móvil.) Es que estoy desganada.
FELICIA. (Con semblante de sospecha.) Habéis reñido, ¿verdad? Tal vez por culpa de esa chica, la alumna de Gustavo. ¿Es ése el motivo?... Seguro que sí, ya veo que no niegas. Pero bueno, no debo entrometerme, no son cosas mías. A fin de cuentas, no soy tu madre. Y cada vez que quiero hacer el papel de consejera, salgo escocida.
SONIA. ¡Ay, déjalo, tía Felicia! Hablaré con él. (Sale y FELICIA se queda.)
ESCENA UNDÉCIMA
FELICIA, Dr. GAMIR
SONIA llega al encuentro de su novio, que aguardaba en el recibidor.
SONIA. ¡Hola, Gustavo! Esta tarde no me apetece salir. Estoy un poco cansada.
Dr. GAMIR. No lo entiendo, Sonia. Esta mañana estabas perfectamente. No te quejabas de nada. ¿No habrá sido por…? (Calla para que nadie se entere.)
SONIA. (Sabiendo perfectamente que se refiere a CRISTINA, la estudiante de medicina en prácticas.) No, no ha sido por eso.
Dr. GAMIR. ¿Entonces? ¿No quiere tu padre que salgas conmigo?
SONIA. Mi padre no tiene nada que ver en esto. Él no dispone de mi voluntad. No hay una razón concreta, de verdad, pero hoy no me apetece salir.
Dr. GAMIR. Pues no lo entiendo, chica. Si no hay ninguna razón, he de entender que es por capricho. Pero no voy a insistir. Si estás fingiendo, allá tú. ¡Hasta luego!
GUSTAVO se marcha en retirada, bastante enrabietado, pensando que no entiende a SONIA, que todas las mujeres son difíciles de entender, que ellas dirán lo mismo de los hombres, y va silbando forzadamente una melodía para disimular su ánimo, descartando definitivamente los planes del fin de semana.
___
(Fin del acto I. Continuará con el inicio del acto II)
En el comedor de la espléndida casa de DON RAIMUNDO, el alcalde de Balobia, del conservador Partido Inmovilista, no demasiado alto de estatura pero de sobrada humanidad, está en actitud discursiva, como de costumbre, con su hermana FELICIA, después de haber tenido, como tantas veces, un duro enfrentamiento en el Ayuntamiento con un miembro opositor del opuesto Partido Vanguardista.
DON RAIMUNDO. No entiendo la nueva política como tampoco entiendo el arte de vanguardia. Yo soy un clásico. No me gustan los experimentos artísticos ni sociales. A mí esos iluminados revolucionarios, politicastros que acaban de salir del cascarón y quieren comerse el mundo, no me intimidan. Estoy acorazado contra ellos igual que un dinosaurio. No me entra en la cabeza que hay tantos estúpidos que los sigan o que los voten. (Hace un gesto de contrariedad y se pasa la mano por la mejilla.)
FELICIA. ¡Eres un reaccionario, Raimundo! Los tiempos cambian y surgen nuevas ideas. Tienes cincuenta y ocho años y hablas como si tuvieras más de noventa.
DON RAIMUNDO. (Sin ofenderse.) ¿Y tú que entiendes de esto, hermana?
FELICIA. Nada, no entiendo nada. Pero no por ser mujer, sino por no haber podido dedicarme como tú a estos asuntos. (Algo compungida.) No soy una ignorante. Me licencié en magisterio y fui una maestra competente durante treinta y siete años. Y no era precisamente partidaria de imponer castigos, sino más bien de premiar el esfuerzo de los alumnos. Lo digo por si acaso te hubieras olvidado de mi formación y de mi dedicación.
DON RAIMUNDO. Pues ahora que me lo recuerdas, viendo la falta de respeto que se le tiene hoy en día a maestros y profesores, convenía un poco de mano dura. Lo mismo que con los delincuentes. No hace tanto, delinquías y te llamaban al orden; hoy robas o atracas y te dan una palmadita en la espalda. Y no lo tomes a mal, Felicia, pero las mujeres no estáis hechas para la política, aunque tengáis cultura. Salvo excepciones, como la Dama de Hierro, mujeres que tienen una parte masculina que les hace aguantar los envites.
FELICIA. Quieres decir que las que se meten en política son marimachos. No hay mejor forma de expresar el pensamiento troglodita. ¡Hala!, volvamos a las cavernas...
La contundente interpelación de FELICIA se sigue de unos instantes de silencio, durante los cuales que el alcalde no deja de mesarse el bigote.
DON RAIMUNDO. Yo no he dicho eso. No lo he dicho, pero lo pienso. Tampoco digo que un viudo no necesite una mujer. O una viuda a un hombre… Bueno, al revés no tanto. Un hombre es, digamos, más débil en este sentido; tiene sus necesidades, ya me entiendes. Una mujer, en cambio, mantiene mejor el aguante.
FELICIA. No sé si has bebido, hermano, pero lo parece. Aunque tus palabras, bañadas o no en alcohol, son a menudo de lo más soez.
DON RAIMUNDO. ¡Ah!, mujeres de poca confianza…
FELICIA. Voy a traer el postre, a ver si te endulza un poco el alma.
DON RAIMUNDO. Sí, trae esa tarta tan rica, que me apetece.
FELICIA. ¡Vale! Y después de fregar los platos, que, según tú, que eres tan machista, es tarea femenina, con tu permiso me voy a echar una siestecita, que bien la necesito.
DON RAIMUNDO. No me voy a oponer a eso, querida.
FELICIA. Faltaría más… (Se va a la cocina moviendo la cabeza en señal de impotencia.)
ESCENA SÉPTIMA
DON RAIMUNDO, SONIA
DON RAIMUNDO. ¿Y tú no dices nada? (Dirigiéndose a su hija, que ha permanecido callada durante toda la comida.) Me esquivas como si fuese un corrupto.
SONIA. ¿Qué quieras que diga, papá? ¿Quieres que hable de tus opositores del Partido Vanguardista, que te la tienen jurada? ¿O de que la gente está muy cabreada por la última subida de impuestos municipales que habéis aplicado los de Partido Inmovilista?
DON RAIMUNDO. De eso no, háblame de otra cosa. Por ejemplo, ¿qué tal te va con el matasanos? Sé que no le caigo en gracia; sus creencias son diferentes a las mías.
SONIA. Bien.
DON RAIMUNDO. Así, a secas.
SONIA. ¿Qué más quieres que te diga? ¿Que nos vamos a casar? ¿Que Gustavo tiene ideas avanzadas?... Cada uno piensa como le conviene.
DON RAIMUNDO. (Frunciendo el ceño.) No te enfades hija. Sólo deseo saber si todo marcha bien entre vosotros. ¿No os habéis peleado? Porque las peleas entre novios son de lo más natural. Y en estos tiempos es casi obligado.
SONIA. Tenemos nuestras riñas, como cualquiera. ¿Qué pareja no las tiene? Pero vamos, no creo que eso te interese. No soy ninguna niña.
DON RAIMUNDO. Me interesa y mucho. Aunque seas mayor de edad y no esté legitimado para corregirte, soy tu padre y tú eres mi hija. Por ley natural, debo pretender tu bienestar. Tu madre esperaría lo mejor para ti y lo mismo espero yo. Verte casada, igual que tus dos hermanas, con un hombre formal que te dé protección y…
SONIA. ¿Que me quiera?
DON RAIMUNDO. Pues claro. El amor también es importante. No tanto como la salud o el dinero, pero tiene su importancia, no lo voy a negar.
SONIA. Que materialista eres, papá.
DON RAIMUNDO. No soy materialista, soy práctico. Mate… ¡Mira quién habla!
SONIA. Pues te diré que los tiempos han cambiado.
DON RAIMUNDO. Por mucho que cambien los tiempos, por muchos avances tecnológicos y más redes sociales, hay cosas que permanecen igual que siempre. O que deberían permanecer. Los valores que nos han transmitido nuestros antepasados son inmutables. Ya sé que soy un pecador, sería un falso si lo negase, pero a pesar de todo mantengo mis principios y no hay en el mundo quien me los haga cambiar. En este sentido, más terco que una mula. Y me parece que tú has heredado mi terquedad.
SONIA. Papá, no te pases.
DON RAIMUNDO. Eres obstinada, hija. Lo eres tanto como tu padre.
SONIA. Si tú lo dices, me callo. No estoy para contrariarte.
ESCENA OCTAVA
FELICIA, SONIA, DON RAIMUNDO
Regresa FELICIA de la cocina con la tarta de manzana.
FELICIA. Ya habéis discutido durante mi corta ausencia, ¿no es así? He oído las voces desde la cocina. No hay forma de que cambiéis. (Mirando hacia lo alto.) ¡Señor…!
SONIA. No te preocupes, tía. Son cosas entre padre e hija. No te interesan.
FELICIA. (Cortando la tarta y repartiéndola.) ¿Cómo no me van a interesar tus problemas? Eres de mi sangre. ¡Anda!, prueba la tarta, que está buenísima.
SONIA. (Llevando un trozo de tarta a la boca.) No eres mi madre. No te debo obediencia.
FELICIA. Para mí eres como una hija. Me preocupo por tu porvenir y me duele lo que a ti te pueda dañar. Pero si mi presencia te molesta me voy de esta casa.
SONIA. (Con gesto compungido y la cabeza baja, en señal de arrepentimiento.) Desde luego que no, tía. No quiero que te vayas. Perdóname…
SONIA se levanta, se acerca a la tía y le da un beso en la mejilla. Y satisfecha de su gesto con la hermana de su padre, vuelve a sentarse a la mesa.
FELICIA. (Susurrando.) ¡Ay, chiquilla malcriada! Con veintiún años que tienes…
DON RAIMUNDO. (Dirigiéndose a su hermana.) A tu sobrina debo decirle yo las cosas con claridad antes de que sea demasiado tarde. En su inconstancia me recuerda a su madre, que en paz descanse. Ya le he reprochado que abandonase los estudios de Derecho a poco de empezar. ¡Qué lástima! (Su expresión es de cómica tristeza.)
SONIA. Papá, no vengas otra vez con el mismo cantar.
FELICIA. Tu padre se las da de duro, pero es demasiado blando.
DON RAIMUNDO. (Algo azorado.) Los hijos deben tener en cuenta los consejos de los padres, que no buscan sino su bien. Aun en esta época tecnológica. A mí, como padre, me corresponde el deber de aconsejarla de la mejor manera, no sólo de mantenerla... Por cierto, ¡esta tarta está rica de verdad!… (Se deleita unos instantes antes de continuar hablando.) Es mi obligación tratar de orientar a Sonia hacia el buen camino.
SONIA. (Clavando los ojos en su padre.) ¿Qué?
DON RAIMUNDO. ¡Sí, hija, no me mires así! Es mi obligación paterna. Y lo hago con la mejor intención, puedes creerme; aunque al final no me hagas ni puñetero caso.
SONIA se levanta de nuevo, esta vez verdaderamente airada, y abandona el comedor ante el estupor de su padre.
DON RAIMUNDO. ¡La ves, Felicia! (FELICIA mira hacia otro lado.) ¡Ah!, tú tampoco me entiendes. No sé qué pensar. Ya no es que los padres no entiendan a los hijos, o que los hijos no comprendan a los padres, o que nadie se entienda en una familia, o que… (Perdido en su discurso.) No sé lo que iba a decir. Me confundís más que los punzantes concejales de la oposición. Estoy demasiado harto de caras largas. No sé qué queréis que haga... ¿No dices nada, hermana? Mis intenciones son buenas...
FELICIA. (En voz baja.) Una cosa son las intenciones y otra las razones.
DON RAIMUNDO. No te he oído bien.
FELICIA. Digo que voy a echarme un ratito. Necesito descansar un poco.
Sale FELICIA, con el propósito que ha manifestado.
Alguien llama a la puerta de la consulta del DR. GAMIR.
Dr. GAMIR. ¡Adelante!
CRISTINA. ¡Con permiso! Soy Cristina, la estudiante de medicina.
Dr. GAMIR. ¡Ah, sí! Te estaba aguardando. Espero no defraudarte.
Se dan cortésmente la mano.
CRISTINA. Me han hablado muy bien de usted como tutor. Y como persona. Yo soy optimista por naturaleza y confío en aprender mucho a su lado.
Dr. GAMIR. Puedes tutearme; al fin y al cabo, somos colegas. Y aunque yo no sea viejo, tú eres muy joven. (Hace un breve silencio mientras contempla a su alumna de diecinueve años.) Bien. Te enseñaré cómo funciona esto y mañana ya lo irás viendo sobre la marcha. Como verás, aparte del ecógrafo, es poco el aparataje que tenemos.
GUSTAVO le va dando las oportunas explicaciones a CRISTINA y ésta, mostrando gran interés, permanece muy atenta.
CRISTINA. Me han dicho que la medicina rural es muy diferente a la de la ciudad.
Dr. GAMIR. Se lleva con un poco más de calma. En general las relaciones son más cordiales, la gente suele ser paciente y bastante agradecida. No hay tanta agresividad ni violencia como en la ciudad. Aunque todo está cambiando. No lo digo yo, que llevo ejerciendo poco más de cuatro años, sino veteranos como Fernando Rilke, a quien ya te presentaré. Dice que ha ido aumentando progresivamente el número de pacientes con trastornos mentales, sobre todo somatizaciones, porque la vida se ha ido acelerando también en el ámbito rural.
CRISTINA. No lo sabía.
Dr. GAMIR. (Tras una pausa.) A Fernando le disgusta que haya crecido tanto el consumo de psicofármacos, en particular de ansiolíticos, a consecuencia de la mayor cantidad de problemas sociales, más que psiquiátricos. Y le preocupa mucho el incremento de los suicidios. El doctor Rilke es un médico muy experimentado y sensible con los problemas de la gente, como un doctor Benassis*. Hoy está trabajando en un consultorio periférico. Se ha embarcado en una cruzada contra la medicalización y es un paladín de la prevención cuaternaria.
CRISTINA. (Dubitativa por lo último que acaba de decir GUSTAVO.) No sé muy bien de eso, pero me llama la atención lo de los suicidios.
Dr. GAMIR. Sí, más intentos de suicidio y más suicidios consumados. Es una triste realidad.
CRISTINA. (Preocupada.) También se hacen más visitas domiciliarias, ¿no es así?
Dr. GAMIR. Ten en cuenta que la población está dispersa y que los medios de comunicación no son los de la ciudad. Aquí las personas dependientes tienen más dificultad para desplazarse. Por eso hay que ir a verlas a menudo a sus casas.
CRISTINA. (Con gesto pensativo.) ¿Y el ordenador hay que utilizarlo para todo?
Dr. GAMIR. Me temo que sí. La historia clínica es electrónica desde hace un tiempo y todos los registros se llevan a cabo informáticamente. ¿Quieres saber algo más?
CRISTINA. De momento no se me ocurre ninguna otra cosa.
Dr. GAMIR. ¡Ah! No sé si estás al tanto. Se ha establecido la consulta telefónica.
CRISTINA. Sí, ya lo sé. Lo que no tengo claro en qué casos se utiliza.
Dr. GAMIR. Tal y como se ha puesto en marcha, los pacientes deciden. Aunque en mi opinión sólo sirve para dos supuestos. Uno es la renovación de recetas crónicas, que, como supongo que sabes, son electrónicas. El otro, la aclaración de una duda concreta sobre un problema de salud. Para lo demás, es preciso la consulta presencial.
CRISTINA. Eso parece lo razonable.
Dr. GAMIR. (Asintiendo con la cabeza.) Entonces, nos volvemos a ver mañana.
CRISTINA. De acuerdo. ¡Hasta mañana, doctor Gamir! (Fijándose en la naturalidad con que su tutor lleva el fonendoscopio al cuello, le da la mano en señal de hasta la vista.)
Dr. GAMIR. (Sin desprender la mano de CRISTINA y reparando en sus hermosas facciones.) Aquí te espero. A ver si sacas algo de provecho. Y, por favor, ¡tutéame!
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*Doctor Benassis. Personaje principal, bondadoso y filántropo, de la novela de Honoré de Balzac El médico rural. [Wiki. Lectura online AQUÍ]
ESCENA QUINTA
SONIA, Dr. GAMIR
Entra SONIA justo cuando sale CRISTINA.
SONIA. ¿Quién es ésa? Es muy joven. No me parece una paciente.
Dr. GAMIR. Es la estudiante de medicina que me han asignado. Es muy agradable. Y apenas tiene dos años menos que tú. Le estaba enseñando el consultorio y poniéndola al tanto de las actividades diarias de la consulta.
SONIA. Pues tiene más bien pinta de…
Dr. GAMIR. ¿De qué?
SONIA. De nada.
Dr. GAMIR. Pero ¿por qué eres tan suspicaz, Sonia?
SONIA. Yo suspicaz…
Dr. GAMIR. Anda, que algo te conozco. Lo suficiente para saber que eres…
SONIA. ¿Que soy qué?
Dr. GAMIR. Celosa. Y no admites que nadie se interponga en tu camino.
SONIA. ¿Qué dices? ¿Celosa yo? No tengo por qué. Soy lo suficientemente atractiva para no tener nada que temer. Mi personalidad es fuerte, nunca me doy por vencida. Y tengo una situación económica que me da seguridad.
Dr. GAMIR. Ya está bien, déjalo. Sabes que te quiero, a pesar de tus caprichos.
SONIA. Por encima me llamas caprichosa.
Dr. GAMIR. Yo no he dicho eso.
SONIA. Lo insinúas.
Dr. GAMIR. Dejémoslo en que eres una niña… un tanto mimada.
SONIA. (Enrojecida.) ¿Mimada yo? Te voy a…
Dr. GAMIR. (Frenándole el brazo.) Pones una mirada tan inquisidora que si la viese Torquemada se asustaba. Ven aquí, fierecilla… (Cogiéndola por la cintura la besa en los labios.) ¿A qué vienen esos celos? Si te quiero sólo a ti…, ya lo sabes.
SONIA. ¿De verdad, Gustavo?
Dr. GAMIR. De verdad, Sonia. De verdad.
SONIA. El sábado salimos a bailar.
Dr. GAMIR. El sábado… Sí. No tengo guardia el fin de semana. Saldremos a bailar. Y, por cierto, el último domingo del mes estamos invitados a comer en casa de Lola y Dorindo. (SONIA se da por enterada y no pone impedimento.)
Se despiden con otro beso, esta vez de mutuo acuerdo. GUSTAVO mira la hora en su reloj de pulsera y la coteja con la del reloj de pared de su despacho. Tiene tiempo suficiente para comer antes de hacer las dos visitas domiciliarias. Se trata de dos ancianos, una mujer y un hombre, polipatológicos y con frecuentes achaques. Enfermos dependientes ambos. Su consulta de pueblo, en la que lleva escasamente cuatro años, tiene cada año que pasa un tinte más geriátrico.
En el consultorio rural del Dr. GAMIR, en Balobia, pueblo cercano a la ciudad de Vizana. Su sala de consulta, decorada con varias láminas anatómicas y un par de cuadros pictóricos, está compuesta de una mesa de despacho, dos sillas, una camilla de exploración y aparatos médicos comunes. Hay dos puertas colindantes: una que da acceso a la consulta de enfermería y otra que comunica con la sala de espera. El joven Dr. GAMIR, de veintiocho años de edad, con bata blanca y el estetoscopio al cuello, está atendiendo a una paciente habitual de sesenta y tantos.
Dr. GAMIR. (Viendo los análisis de la paciente.) Señora Obdulia, tiene el azúcar alto y las grasas por encima de lo aconsejable. ¡Igual que siempre! Le recomiendo que haga dieta y ejercicio para bajar de peso. Le sobran unos kilitos. Los medicamentos no bastan. Debe esforzarse, poner un poquito de voluntad.
OBDULIA. (Poco convencida.) De acuerdo, don Gustavo, pero... Y si pudiera darme este medicamento. (Echa tímidamente en la mesa un envase de cartón.) Me lo recomendó Amparo, mi mejor amiga. A ella le fue de maravilla para adelgazar.
Dr. GAMIR. Ya le dije la vez anterior que no es apropiado para usted. Lo que necesita es cambiar sus malos hábitos por otros saludables. De ese modo disminuirán tanto la glucosa como los lípidos. Ya ve cómo andan disparados últimamente.
OBDULIA. (Con fingimiento.) Si ya hago la dieta… y camino bastante.
Dr. GAMIR. (Se levanta y se dirige a la puerta de la sala contigua.) ¡Emilia! Hazme el favor, ven un momento si no estás muy ocupada.
EMILIA. (Acude sin demora y saluda a OBDULIA.) Dígame, doctor Gamir.
Dr. GAMIR. Quería saber si Obdulia ha estado en tu consulta. En concreto, para controlar el peso y establecer una dieta hipocalórica.
EMILIA. Ya hace varios meses que no la veo. Antes venía a mirar la tensión; la tenía un poco alta. Le di las recomendaciones habituales y no volvió.
OBDULIA. Es que el peso lo controlo en casa…, y a veces en la farmacia.
Dr. GAMIR. ¡Gracias, Emilia! Sólo era eso. (EMILIA se despide y vuelve a su consulta.) Pues nada, señora Obdulia, haga usted lo que crea más oportuno. Pero mi consejo, sin pretender ser paternalista, sigue siendo el que le he dicho. A ser posible, pida cita con Emilia para que le haga un seguimiento más completo. Sería adecuado que viniese dentro de un par de semanas, a primera hora, en ayunas, para medir la glucemia. Y confíe en la enfermera.
OBDULIA. (Algo cariacontecida.) Está bien, don Gustavo. Pediré una cita con Emilia. Cambiaré mis hábitos y tomaré sólo los medicamentos que usted me indique. Le prometo que a partir de ahora haré lo que me diga. (Se levanta y sale un tanto avergonzada.)
ESCENA SEGUNDA
DORINDO, Dr. GAMIR
Accede otro paciente desde la sala de espera.
DORINDO. ¡Buenos días, don Gustavo!
Dr. GAMIR. ¡Hola, Dorindo! ¿Qué tal? (Después de saludarlo, comprueba en su ordenador los datos de la última visita de este hombre, que trabajó como picapedrero.)
DORINDO. Me encuentro mejor desde que comencé con el inhalador. Y he logrado dejar de fumar. Eso sí, gracias a la terquedad de Lola. Mi mujer es muy tozuda, ya sabe usted.
Dr. GAMIR. ¡Enhorabuena! Dejar el tabaco es lo más importante. Pues vamos a ver cómo están esos bronquios. Siéntese en la camilla y desvístase de cintura para arriba.
DORINDO se va hacia la camilla, se descubre el torso y se coloca en sedestación, preparado para la exploración clínica. El galeno se levanta y se coloca el estetoscopio en forma adecuada para la auscultación.
DORINDO. Ya no siento la falta de aire que antes sentía. No echo por las mañanas aquellos esputos gordos y amarillos. Y ahora duermo bastante bien por las noches.
Dr. GAMIR. (Después de auscultar al paciente.) Esto está mucho mejor. Ya no se escuchan los pitidos y el aire se mueve aceptablemente.
DORINDO. (Vistiéndose la camisa.) No le he oído bien; tantos años de picapedrero y barrenero me han producido esta odiosa sordera. Hábleme un poco más alto, por favor.
Dr. GAMIR. (Elevando el volumen de su voz.) ¡Que lo veo muy bien, Dorindo!
DORINDO. ¡Qué alegría me da, don Gustavo! ¡Qué alegría!
Dr. GAMIR. (Sentado en su mecha de despacho.) Vamos a anotar aquí esta mejoría y voy a pedirle a Emilia que lo cite para repetir la espirometría. Así sabremos objetivamente cuál es el nivel de mejora. Pero… (Hablando todavía más alto.) Haber dejado de fumar es lo principal, Dorindo. ¡Le felicito! Con la neumoconiosis, digo, con el polvillo que ha inhalado trabajando en las canteras, ya tenemos bastante que limpiar.
DORINDO. Sí, tragué mucho polvillo trabajando en el granito durante treinta años. Llegué a expulsar esputos negros y a sentir mucha angustia por la falta de aliento.
Dr. GAMIR. Entonces, ya que la cosa va tan bien, vamos a seguir con el mismo tratamiento broncodilatador. (Le proporciona la medicación precisa para unos meses, activándola de modo electrónico: tecleando en el ordenador.) ¡Ya están activados los medicamentos! Siga la misma pauta… Y, por cierto, salude a Lola de mi parte.
DORINDO. Le serán dados sus saludos, don Gustavo. ¡Ah!, y no deje de venir el último domingo del mes a comer a casa. Ya sabe que está invitado, y su novia Sonia también.
Dr. GAMIR. Si no tengo ningún contratiempo, acudiré sin falta. Acudiremos… ¡Hasta la vista, Dorindo! ¡Y cuídese! (Se despiden con un apretón de manos.)
ESCENA TERCERA
Dr. GAMIR, EMILIA
Después de haber visto a todos sus pacientes, treinta y siete en total, el Dr. GAMIR permanece unos minutos meditabundo en el despacho. Espera la llegada de una estudiante de medicina. Tiene pendientes varios informes, que piensa dejar para mañana, y dos visitas domiciliarias, que hará por la tarde. Y mientras habla para sí, emitiendo su voz estos pensamientos, entra EMILIA.
EMILIA. Me voy a hacer un par de curas y a administrar un tratamiento parenteral.
Dr. GAMIR. Vale, Emilia. Estamos en contacto.
Sale EMILIA y se queda GUSTAVO, ensimismado con sus sonoras reflexiones. La vida en Balobia suele llevar un ritmo tranquilo; este pueblo del interior vive alejado del bullicio de la industrial Vizana, la pujante ciudad marítima en la que nació el galeno. Pero la población está cada vez más envejecida y, en consecuencia, los enfermos crónicos van en aumento, un hecho constatado con más fundamento por el veterano Dr. RILKE. Así que también las descompensaciones de las enfermedades son más frecuentes que en tiempos pretéritos, cuando la atención médica no era tan rigurosa. Ahora las expectativas de los pacientes son mayores, confían en una pastilla para cada síntoma y muchas veces esperan milagros imposibles. Y al mismo tiempo, los políticos se cuestionan la sostenibilidad del sistema de salud.
___
(Continuará)
‘‘Méditation’’ de la ópera Thaïs de Jules Massenet
Comedia sanitaria en tres actos, iniciada a finales de octubre de 2016
y finalizada a comienzos de noviembre del mismo año.
PERSONAJES
DOCTOR GUSTAVO GAMIR, médico rural joven.
EMILIA, enfermera.
DON RAIMUNDO, alcalde de Balobia y padre de Sonia.
SONIA, novia de Gustavo e hija de don Raimundo.
CRISTINA, estudiante de medicina.
DOCTOR FERNANDO RILKE, médico rural veterano.
FELICIA, hermana de don Raimundo y tía de Sonia.
JULIO, maestro de escuela y amigo de Gustavo, enamorado de Cristina.
MARCIAL, capitán de la Guardia Civil.
LOLA, mujer madura que regenta un hostal.
DORINDO, marido de Lola, picapedrero retirado y paciente del Dr. Gamir.
OBDULIA, paciente del Dr. Gamir.
EULOGIO. Camarero.
COLIBIA, mujer de Fernando.
COPRINO y LACARIA, hijos de Colibia y Fernando.
ARGUMENTO
Gustavo Gamir es un joven médico general destinado en Balobia, población rural no muy distante de Vizana, su ciudad natal, que tiene como compañero al Dr. Fernando Rilke, experimentado y sabio. Se ha enamorado de Sonia, la veleidosa hija menor del alcalde, don Raimundo, de quien discrepa políticamente y se mantiene distante. Cristina, una estudiante de medicina, se encapricha de Gustavo cuando pasa un verano en su consulta como alumna en prácticas. Sonia, al saber de su sentimiento, no puede contener los celos y su furia se desata. Por otra parte, Julio, tímido maestro de escuela con aire de poeta romántico, y amigo de Gustavo, con quien comparte afición por la música, entra en conflicto al enamorarse de Cristina, no dejando de soñar con ella desde el primer día que la ve. Don Raimundo, hombre de férreo espíritu conservador, pero demasiado blando como padre viudo, resiste refriegas políticas y protestas ciudadanas, en su papel de alcalde, y como cabeza de familia mantiene un pulso con su hija y su hermana Felicia. Maestra retirada y soltera, Felicia asume el papel de madre y, siendo una mujer comprensiva, no deja de amonestar a Sonia por su díscolo comportamiento, ni de reprender a su hermano Raimundo por sus ideas retrógradas. El tacto de Lola, la propietaria del hostal donde se alberga Cristina, ayuda a que la sangre no llegue al río en una violenta disputa que protagonizan las dos jóvenes, Sonia y Cristina. Marcial, capitán de la Guardia Civil, se ve obligado a intervenir, como jefe de la autoridad armada, al producirse ese femenino enfrentamiento. Dorindo, el marido de Lola y paciente habitual del Dr. Gamir por sus problemas bronquiales, aqueja sordera, debida a la explosión de barrenos cuando trabajaba en las canteras, y permanece normalmente callado a la sombra de su mujer. El desenlace de esta comedia tiene de feliz cuanto puede esperarse de la volubilidad de las almas y de los aceptables acuerdos entre hombres y mujeres.
CLAVES
Los celos. La amorosa duda. La amistad. La vocación. La profesionalidad.
EDICIÓN
Iremos editando esta comedia sanitaria en 12 entradas sucesivas. A modo de índice, sirva de orientación el contenido de cada entrada, con especificación de las escenas de cada uno de los tres actos. Sin más, esperamos que se diviertan.
Mariana Pineda (1804-1831), heroína de la libertad, seguidora del liberalismo de Rafael del Riego, Francisco Espoz y Mina y José María Torrijos, murió ejecutada (como Riego, ahorcado, y Torrijos, fusilado) por garrote vil en Granada, su ciudad natal, tras ser juzgada por Ramón Pedrosa y Andrade durante el reinado absolutista de Fernando VII (llamado «el Deseado» y «el rey Felón»), cuando ella contaba sólo veintiséis años de edad. Triste final para una mujer luchadora, famosa entre los liberales, símbolo del liberalismo español*.
*Claves: Guerra de Independencia Española (1808-1814) –en contexto de Guerras Napoleónicas, contra Napoleón–, Cortes de Cádiz (1810-1814), Constitución de 1812 («la Pepa», Cádiz), Trienio Liberal o Constitucional (1820-1823), Cien Mil Hijos de San Luis («l'expédition d'Espagne», 1823), Liberalismo Isabelino (reinado de Isabel II, 1833-1868). [Y como otros personajes históricos, los liberales tienen sus luces y sus sombras; así, Rafael del Riego es visto como héroe y mártir o como traidor, atribuyéndole la culpa de la pérdida de territorios en América.]
Paisaje con figuras: Mariana Pineda | RTVE Archivo
Son éstas cuatro curiosidades de la historia de España, en forma de haikus, por orden cronológico: 1) la llegada de la princesa Cristina de Noruega a España (1257), para casarse con el infante Felipe de Castilla, hijo del rey Fernando III «el Santo»; 2) la embajada a Tamerlán de Clavijo (1404), Ruy González de Clavijo, embajador del rey castellano Enrique III que fue enviado a Samarcanda, capital del imperio del gran conquistador turco-mongol; 3) la dama de Arintero (1474), mujer de este pueblo de la montaña de León, de nombre Juana, que combatió disfrazada de hombre, como Caballero Oliveros, a favor de los Reyes Católicos; 4) Bernardo de Gálvez, vencedor en la batalla de Pensacola (1781), Florida, que fue nombrado por el presidente George Whashington ciudadano honorario estadounidense, por su lucha por la independencia de los Estados Unidos frente a los británicos.
Corresponde a César el mérito de haber favorecido la penetración y difusión en Roma de la medicina griega, a través de medidas indirectas, genéricamente consideradas bajo el término privilegia. (...) La concesión de la inmunidad a los gravámenes públicos acordada por Augusto a favor de los médicos inaugura una nueva tradición destinada a perpetuarse durante toda la vida del Imperio romano. (...) Vespasiano establece un verdadero estatus personal para los médicos. (...) Tito confirma por primera vez en bloque, mediante un edicto, todos los privilegios concedidos por sus predecesores. (...) El derrumbamiento de la dinastía Flavia no determinó cambios en la política imperial de los beneficia otorgados a los médicos.
En Hispania tenemos documentada, gracias a la epigrafía, la presencia de 26 médicos, un número que podría aumentar con el hallazgo de diversos equipos de instrumental sanitario. Estos epígrafes, junto con algunos objetos como los llamados «sellos de colirio» nos permiten conocer, además, las distintas especialidades médicas surgidas en ámbito peninsular. En primer lugar, existía la medicina general, desempeñada por el denominado medicus, considerado como el facultativo encargado de tratar las enfermedades más frecuentes. A continuación, se encontraban los oculistas o medici ocularii, que se encargaban de todo lo relacionado con la oftalmología, y los cirujanos, dedicados a las diversas prácticas quirúrgicas. Por ultimo, estaban las medicae, un término que hacia referencia a las mujeres médico, las cuales eran equiparadas a las obstetrices, que trabajaban con todo lo relacionado con el embarazo y el parto.
...los médicos gozaron de privilegios y exenciones fiscales, prerrogativas que se estipularon para este colectivo por su gran utilidad para la población. Eran nombrados de forma directa por la curia, la cual les proporcionaba un salario, una vivienda y un local para poder trabajar.
Pero los médicos en la Antigua Roma pasaron por diferentes fases en cuanto a su consideración, como ciudadanos y como profesionales...
¿Cómo era un médico en la Antigua Roma?
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Privilegios de los médicos
Los privilegios de los médicos romanos, con sus beneficios fiscales y de vivienda, serían oportunos en nuestro tiempo para estimular el ejercicio de la medicina de familia en zonas rurales, sobre todo considerando la despoblación de grandes áreas (La Hispania vaciada), en parte por la carencia de servicios, entre ellos los médicos.
Hay personas con privilegios y minorías privilegiadas.
El pueblo que valora sus privilegios por encima de sus principios pronto pierde unos y otros. (Dwight D. Eisenhower)
Las instituciones pasan por tres períodos: el del servicio, el de los privilegios y el del abuso. (René de Chateaubriand)
Hasta en las democracias más puras, como los Estados Unidos y Suiza una minoría privilegiada detenta el poder contra la mayoría esclavizada. (Mijail Bakunin)
Las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos, y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada. (Carlos Fuentes)
El hecho de que exista una minoría privilegiada no compensa ni excusa la situación de discriminación en la que vive el resto de sus compañeros. (Simone de Beauvoir)
Nada cambiará mientras el poder siga en manos de una minoría privilegiada. (George Orwell)
Los privilegios territoriales obedecen a criterios de desigualdad.
Hay privilegios personales si existe favoritismo –nepotismo, amiguismo, enchufismo– y compadreo político.
A todos nos produce cierta tensión o desasosiego acudir a una consulta médica. Los motivos pueden ser diversos, probablemente los más frecuentes sean el miedo a recibir una mala noticia relacionada con un problema salud o el temor a sufrir dolor durante una prueba o exploración. Tampoco es rara la preocupación de poder sentirse presionado por el profesional para cambiar de hábitos de vida (abandono del tabaco, realizar ejercicio físico o llevar a cabo una alimentación saludable).
Si bien, en la mayor parte de los casos, dicha inquietud no es relevante, en algunas ocasiones sí tiene consecuencias, el fenómeno de bata blanca es una de ellas. En efecto, en muchas personas, las mediciones de la presión arterial en los consultorios son más altas que en otro entorno «más tranquilo» para ellas como puede ser su domicilio. (...)
Cuando este miedo es extremo, injustificado, irracional y causa repercusiones negativas en el estado de salud de la persona nos encontramos ante un trastorno que se denomina iatrofobia*. Aunque este tipo de fobia se ha relacionado con la infancia y la adolescencia, también acontece en la edad adulta (...) parece ser más frecuente en los hombres que en las mujeres.
Es importante que las personas que sufren este problema aprendan a tomar medidas que les ayuden a gestionar el miedo y a entender y controlar sus emociones. (...)
Si el miedo es persistente e incapacitante lo prudente es recomendar ayuda especializada, ya sea a través de un psicólogo o un psiquiatra, para así diseñar una estrategia que ayude a solucionar el problema. (...) Uno de los recursos más frecuentemente utilizados es la terapia cognitivo-conductual, técnica que puede implicar la exposición progresiva del paciente hacia el estímulo que provoca su fobia.
«Shéhérezade» de Tristan Klingsor (1874-1966) es una obra poética inspirada en la suite sinfónica del mismo nombre de Rimski-Kórsakov, sobre la narradora de los cuentos de Las mil y una noches, y por su parte inspiró al compositor Maurice Ravel, quien musicó tres de sus poemas (Asia, La flauta encantada, El indiferente) y los publicó bajo el mismo título genérico de Shéhérezade como obra musical para voz y orquesta. Un ejemplo de la relación música-poesía en cuanto a la inspiración de un arte en otro: una obra musical que inspira un poema y viceversa.
Asie, Asie, Asie.
Vieux pays merveilleux des contes de nourrice
Où dort la fantaisie comme une impératrice
En sa forêt tout emplie de mystère.
Asia, Asia, Asia.
Viejo país maravilloso de cuentos de nodriza
donde duerme la fantasía como una emperatriz
en su bosque lleno de misterio.
[Asie/Asia]
Shéhérezade, tres poemas para voz y orquesta – Maurice Ravel
Hay música inspirada en la palabra y viceversa. Son frecuentes las canciones inspiradas en poemas y las óperas que beben de novelas y dramas. También sabemos de poemas sinfónicos inspirados en obras literarias. Por otro lado, aunque no tanto, hay ejemplos de inspiración literaria en obras musicales. De modo que la inspiración es mutua entre música y literatura, a pesar de la linea divisoria que entre ambas artes establece el famoso aforismo de E.T.A. Hoffmann*: «Donde calla la lengua, comienza la música» (la música empieza donde terminan las palabras).
*Escritor y músico, autor de cuentos que sirvieron de inspiración a Jacques Offenbach para componer su ópera Los cuentos de Hoffmann.
La 'abuelidad' (concepto acuñado por la psiquiatra argentina Paulina Redler en 1980) es un estado inexplicable, una satisfacción diferente a la de la paternidad, despreocupada por comparación y sentida desde una mirada más serena. Ser padres no es igual que ser abuelos. No se comprende hasta que se pasa por esas vivencias. Y es que hijos y nietos son tesoros, pero distintos. Ya como abuelos, podemos celebrar nuestro Día, establecido el 26 de julio; y aunque se dice que los nietos dan dos dos alegrías a los abuelos, cuando llegan (de visita) y cuando se van (¡qué alivio tras el cansancio de seguir su ritmo!), cabe disfrutar de la abuelidad completa, durante el resto de nuestros días.
Grandpa (Tell Me 'Bout The Good Old Days) · The Judds
La mala medicina, de los charlartanes, de los engañadores, de las pseudociencias... La medicina lucrativa, que busca aumentar la clientela, que corre tras el dinero... La medicina que inventa enfermedades, que convierte sanos en enfermos, que produce víctimas de salud... La medicina que no cura, que no alivia ni consuela, que continuamente daña... La medicina que por falsa no es tal. Esa es la medicina bajo sospecha, la que desacredita a la profesión médica. Por fortuna hay otra medicina verdadera, que es honesta, que es humilde..., que es humana.
Podríamos extendernos más, en uno u otro sentido, yendo a los extremos de lo consideramos bueno y malo, pero nos quedamos con el equilibrio de la música.